TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA MARIO VARGAS LLOSA El PAÍS- 10/10/2010
El Nobel de Literatura relata cómo tras recibir la llamada de la Academia Sueca dudó, y mientras esperaba la confirmación desfilaron los recuerdos de una vida dedicada a las letras.
Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las cinco de la mañana y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad. Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces irían iluminando el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso cuarenta y seis).
HÉCTOR ABAD FACIOLINCE El triunfo de las letras en español - Visiones del mundo editorial
HÉCTOR ABAD FACIOLINCE 08/10/2010
El País
Mario Vargas Llosa, aunque ya no sea, como hasta hace muy poco, un trotador empedernido, es un setentón juvenil, de mente y de cuerpo. Si un signo claro de la vejez son la rigidez y el estancamiento de las ideas, Vargas Llosa no ha envejecido. Si el signo más claro de la frescura del pensamiento es, por el contrario, la curiosidad y la capacidad de poner en duda las propias creencias, con una mente abierta, entonces Vargas Llosa es un señor de 74 años que más parece un joven de 37.
FERNANDO SAVATER El triunfo de las letras en español - Un hombre de las ideas y de la política
Fernando Savater 08/10/2010 El País
La admiración por uno o dos libros acertados de un autor no es rara, pero la fidelidad a toda una obra resulta menos usual. Mario Vargas Llosa ha sabido ganársela como pocos autores contemporáneos entre muchísimos lectores de todo el mundo. Y ello aunque su caso cuenta con una dificultad añadida: lo notorio de sus posturas políticas, que han evolucionado profundamente a lo largo de los años.
Conozco no pocos adictos al gran novelista que despotrican contra sus elogios a Mrs. Thatcher o algunas otras tomas de partido, pero son los primeros que corren a la librería en cuanto anuncian otro libro firmado por él. En todo lo que narra Vargas Llosa hay una verdad y una trasparencia objetiva que derrotan a los resabios de cualquier ideología: es lo que podríamos llamar el amor artístico a lo humano, la profunda compasión (o simpatía, si preferimos la etimología griega) que comprende el desasosiego de sus semejantes y vibra literariamente con él. Ese humanismo auténtico, práctico, incluso misionero (porque nos hace cómplices de la humanidad que a través de la lectura se nos descubre) constituye la urdimbre final de su visión del mundo. Incluso quienes discuten sus conclusiones ideológicas aceptan la suprema honradez de sus premisas narrativas: tal es su fuerza y su grandeza, tal es también el reto -el "mas difícil todavía"- que arrostra con cada uno de sus libros.
Cuando era niño, Mario Vargas Llosa tenía junto a su cama, sobre su mesita de noche,el retrato de su padre, un apuesto joven que había trabajado como telegrafista en la marina mercante. Todas las noches, antes de acostarse, Dorita Llosa, su madre, lo acompañaba hasta su recámara y le decía: "Dale su beso de buenas noches a tu papito que está en el cielo". Mario tomaba entre sus manos el retrato de ese joven de mirada soñadora y lo veía con detenimiento. Parecía que su padre, Ernesto J. Vargas, miraba a la lejanía con una expresión de enorme melancolía; su uniforme de marinero contribuía a darle a este marino una gran elegancia y, sobre todo, mucha sobriedad.
Últimos comentarios
Traer o no los restos de Porfirio Díaz
Don Benito Juárez o Don Porfirio. ¿A quién prefiere?