Guadalupe Loaeza
Si solo tengo una vida para vivir, déjenmela vivi siendo rubia.
(Anuncio de Clairol,1960)
¿Por qué las que no somos gueras insistimos en pintarnos el pelo de rubio? ¿Por qué una vez que nos hemos enrubiado nos sentimos mucho más seguras, pero sobre todo más seductoras? La fijación por ser rubia, ¿será una actitud exclusivamente mexicana o lo mismo les sucederá a otras mujeres de otras nacionalidades? He aquí algunas preguntas que me sucitaron el espléndido texto de José Emilio Pacheco, La China y la Duquesa publicado en la revista Proceso que circula esta semana en el cual comenta el libro On blondes de Joanna Pitman (Bloombsury 292 páginas) una historia informal y apasionante de 2500 años de rubiedad, dice JEP. En su texto el poeta hace un paralelismo con La China Poblana, la“chinita de ojos negros”, asesinada en Ciudad Juárez, la que violan en un microbús, la que encadena la Migra en la frontera, o la que manosean en el Metro. A esta chinita es precisamente a la que le niegan actuaciones o audiciones o simples trabajos (no tiene “buena presentación”, esto es piel blanca y cabello claro). Según José Emilio le tiñen el pelo o la ponen a dieta, en el caso afortunado de que pueda escoger sus alimentos. Solo hay un reducto inviolable contra el triunfo arrasador de Barbie: el Tepeyac, el santuario indestructivle de Nuestra Señora.




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