Guadalupe Loaeza
Reforma 9 de Noviembre de 2010
PARÍS.- El hecho irrefutable de que siempre estará París fue lo que me provocó que me viniera compulsivamente a esta maravillosa ciudad en tren desde Biarritz: 100 euros el boleto y cinco horas de viaje no representaban ningún esfuerzo con tal de volver a este lugar de donde nunca me he ido desde que tenía 18 años; época en la que estudiaba en la Alianza Francesa en el boulevard Raspail. Durante el trayecto leí una barbaridad de reportajes cuyos temas iban desde la soledad ultramoderna: "Hoy por hoy, 1 francés sobre 10 tiene menos de tres conversaciones personales por año. El fenómeno no concierne nada más a las personas de la tercera edad, sino que involucra a millones de franceses, que viven tanto en el campo, como en la ciudad". En la página
91 de ese mismo ejemplar de la revista Paris-Match, me enteré de la popularidad que ha adquirido Marine Le Pen, hija del innombrable del mismo apellido, ella lucha incansablemente en todos los medios electrónicos por la nueva cara de la extrema-extrema derecha. Todo lo anterior no me impresionó tanto como lo que leí con los pelos de punta respecto al "Silencio" a la "Historia Oculta" por parte del pueblo francés acerca de los 200 campos, en donde se internaron 600 000 prisioneros entre refugiados españoles, alemanes, italianos, judíos extranjeros de 1938 a 1946.




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