Ya vámonos, Sofía, nada más faltan ocho minutos para recibir 1937, exclamaban al unísono las cuatas Gargollo y Rivas Mercado, las dos engalanadas con sendos vestidos azul pervenche, uno y el otro, verde Nilo, ambos juveniles y muy sobrios. Dos pequeños velos formaban las mangas en flor. En los hombros dos motivos de hojitas de lamé de plata, tela que se repetía en el cinturón. El escote no muy prolongado por la espalda (modelo de Rueff). En el cuello tenía solamente un hilo de perlas auténticas. Memén!!!. ¡¡¡Qué fiesta!!!!. ¡!!!!Qué manera de terminar el año!!!!!. La orquesta está regia. El cantante es de primera. ¿De dónde lo sacaste?. Le decían a la anfitriona cuando la veían pasar de un lado a otro para verificar que todos sus invitados están bien atendidos. ¡Apúrenle!”, ordenaba el maitre Palafox, en la cocina, a los meseros que no se daban abasto descorchando tantas botellas de champagne, nada más faltan cuatro minutos,!píquenle!. Ya vino el joven de la casa a carrerearnos. Tenemos que estar listos dos minutos antes de las doce. Los de la orquesta no quitaban la mirada del grandfather clock que se encuentraba en la entrada. Era precioso. Imponente. Casi todos los invitados ya tenían puestos sus gorritos. Se burlaban unos de otros, amistosamente. Las coquetas, les acomodaban el suyo a su novio, diciéndole, A ver, está muy de lado, permíteme. Así te ves guapísimo. Te pareces a Clark Gable. No, más bien a Gary Cooper…” Muchos de los maridos iban en busca de sus respectivas esposas para, justo a las doce recibir juntos el año, no hubiera sido que alguno de esos solteros medio donjuanescos se lo hubieran deseado primero que ellos y además, tenían que mostrar, frente a los demás, que seguían muy enamorados. Uno que otro solterón, fils a maman, buscaba inquieto a su madre, de salón en salón preguntando por ella a todo el mundo. La última vez que la vi fue en el salón Chino, estaba platicando con Joaquín Cortina, comentaba una señora que caminaba con la ayuda de un bastón y vestida como si hubiera estado en una fiesta de don Porfirio y doña Carmelita. Las parejas que ya estaban fiancés, es decir, comprometidas, se miraban con tal dulzura, a los ojos que hubieran podido haberse empachado, al mismo tiempo que se apretaban tiernamente las manos entrelazadas. Doña Carmen le decía algo al oído al director de la orquesta. Este asentía haciendo una caravana muy respetuosa. En la inmensa cocina, las cocineras y galopinas se sentían rebasadas por las pilas gigantescas de platos sucios, cubiertos, vasos, copas, platones, soperas, cucharones. Unas, ya estaban lavando platos, otras, secando, otras, se llevaban hacia el patio trasero, basureros atiborrados de restos de comida, los mozos llenaban bandejas con flautas de cristal checoslovaco Moser para la champagña. En esta parte de la casa, nadie pensaba en que sólo faltaban unos breves minutos para que terminara el año, a ellos, es decir a, los de abajo, les faltaban, todavía, muchas horas para terminaran de recoger todo y de servir, después de medianoche, otros platillos que ya tenían preparados: sus chilaquiles, frijoles y pollo que les había mandado a comprar doña Carmen al mercado de San Juan, para su cena de Año Nuevo. Para beber tenían el tepache y una botella de Sidra. Para ellos, ésta era solamente una más de las tantas recepciones que acostumbraba dar la señora, sólo que esta festividad era mucho más ruidosa y había más invitados. Señoras y señores, faltan exactamente 120 segundos para despedir al Año Viejo, decía el director de orquesta, vestido muy elegantemente con el frac que rentó en el mismo lugar que el cantante Pedro Vargas. Todos los invitados parecían estar muy entusiasmados, alborotados y emocionados. Unos, impacientes, empezaban a abrazarse. Todavía falta, todavía falta. No seas aprovechón, exclamaban algunas con cierto nerviosismo. Otros, jugaban con sus espantasuegras y hacían tocar sus silbatos estrenduosamente. Muchos extendían sus copas para que les sirvieran más champagne. Algunos contaban doce uvas para tenerlas listas. Llegaba el momento esperado. 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, uuuuuuunooooooo!!!!!!. FELIZ AÑOOOOOO NUEEEEVOOOOOO!!!!, gritaban animadísimos. Todos se abrazaban, se besaban, brindaban, se volvía a abrazar, se volvían a besar, buscaban a quién más abrazar, a quién más besar. ¡¡¡¡BONNE ANNEEE!!!. , exclamaban los más afrensesados porfiristas. “!!!!!FELIZ AÑO 1937¡¡¡¡ vociferaban los más nacionalistas. Mamá, que este año nuevo sea aún mejor que el que acaba de terminar. Perdóname por todo la bilis que te hice derramar en 1936. Perdóname, si no he sido buena hija”, decían algunas hijas con sentimiento de culpa. “Muchas felicidades, m’hijita. Espero que este año, pida Carlos, tu mano. Ojalá que seas la novia más envidiada de 1937. Si quieres puedes bailar una media hora más, tu papá quiere que vayamos a dar gracias a la iglesia. Tenemos que ir, no nos vayamos a salar este año, le advertía, preocupada esta madre tan católica y supersticiosa a la vez.




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