Guadalupe Loaeza
Reforma 12-Oct-2010
Había una vez un niño a quien le daban asquito muchas cosas, por eso sus amiguitos le pusieron “el niño guácala”. Desde que era pequeño tenía sueños muy raritos. Soñaba que le tiraba huevos podridos a las fotografías y a las estatuas de Benito Juárez; soñaba que juntaba limosnas millonarias para construir muchas iglesitas y soñaba con convertirse en gobernador de su estado para ayudar económicamente a toda su familia. “A todos les voy a dar trabajo y a todos los voy a hacer muy ricos”, les decía en las comidas familiares. De todas las clases del colegio, su preferida era la de catecismo. Se sabía de memoria todos los nombres de los mártires de la Guerra Cristera y cada uno de los mandamientos; de allí que siempre fuera el consentido de muchos sacerdotes. Lo adoraban por bien portadito, pero sobre todo, por simpático. Lo que no sabían, especialmente, su confesor, era que al niño guácala, le gustaban mucho los chistes rojos de “Pepito”; tampoco sabían que este niño, tan dizque bien portadito, era muy, muy mal hablado. Todavía no acababa de aprender a hablar correctamente, cuando se pasaba el tiempo diciéndole, muerto de la risa, a toda la gente que veía pasar por la ventana: chinguen a su madre, chinguen a su madre…
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