Guadalupe Loaeza
Reforma 18.Nov.2010
Agustín Lara, no podía salir de México, sin llevar en sus maletas varias docenas de tortillas congeladas, medio kilo de chiles serranos y algunas latas de frijoles. Todos los días se metía en la cocina. Habiendo sido un extraordinario gourmet, él mismo dirigía el menú que quería comer. Había heredado de su madre unas recetas maravillosas. A Rocío Durán, su última esposa a quien le enseñó cocinar unos “molitos” deliciosos, le exigía que moliera los ingredientes de la comida con metate.
Carmen Zozaya, su segunda esposa conquistó al compositor por el estómago: no había mejor mole que el que cocinaba la Chata. Los que llegaron a probarlo decían que el suyo era cocinado con toda suerte de ingredientes como en la época colonial, con alcaparras, anís, acitrón, piñón, vino, vinagre, aceituna, azafrán, jengibre y avellana, entre otros. Dicen que el mole es un platillo de inspiración personal, y el de Carmen, sin duda, era más que sugestivo. Quería agradar tanto a Agustín que lo preparaba en todos los colores: colorado, negro, amarillo, verde, blanco; también los hacía de guajolote, de pollo, de cadera, de “cuete” y hasta de pato.




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