Guadalupe Loaeza
Reforma 28-Oct-2010
Eran exactamente las 11.30 pm, cuando Enrique y yo entramos al elevador. Una vez que la puerta se cerró por completo, en ese preciso instante, se fue la luz. ¡Chin…! exclamó el doctor. Estaba furioso. Si algo hemos padecido desde que nos cambiamos, hace cinco años, a la colonia Roma, ha sido precisamente los apagones, de ahí nuestro hartazgo respecto a algo tan vital como es la electricidad. Sin embargo, nunca nos había sucedido en el interior del elevador y menos a esas horas de la noche. De inmediato, Enrique tocó la alarma. El timbre se oía lejano; no era de extrañar, nos encontrábamos en el sótano. Los minutos pasaban y nosotros seguíamos a oscuras. Mientras mi marido daba de golpes a la puerta, yo insistía en llamar desde mi celular a Ivonne la muchacha. Era inútil, ni las llamadas, ni los mensajes salían. Estamos enterrados en vida como los mineros de Chile…, dije nerviosamente. Nunca lo hubiera dicho, mi comentario, enfureció aún más a mi
compañero de la vida. Los minutos pasaban y nadie venía a nuestro auxilio. Aunque la situación resultaba por demás alarmante, por extraño que parezca, yo me encontraba bastante tranquila. No estaba sola, Enrique estaba allí y eso me bastaba para sentirme segura, incluso, el hecho de encontrarme encerrada en un espacio tan pequeño y completamente a oscuras, me parecía una aventura además de romántica, divertida. Pero el que no estaba nada divertido, era Enrique, mientras con una manó seguía con el dedo pegado al botón de la alarma, con la otra daba de manotazos fortísimos contra la puerta.




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