Guadalupe Loaeza
Entre las muchas anécdotas que relataba mi madre con su estilo tan peculiar e ingenioso, había una que siempre me llamó mucho la atención, por triste e injusta. Tenía que ver con un regalo de Navidad. Entonces doña Lola tenía 21 años y acababa de casarse con mi padre, un joven abogado que trabajaba en un bufete muy reconocido y en donde, a pesar de su gran inteligencia y sus grandes conocimientos, ganaba solamente 220 pesos mensuales.
Unos meses después de su matrimonio, mis padres fueron invitados a casa del jefe, fundador del despacho, quien era un personaje muy simbólico del "nuevo rico", más jactancioso que millonario. Su figura regordeta y de gran vientre le ayudaba a su personalidad de importante. Mi madre lo recordaba como un hombre ingenioso y de gran memoria, muy burlón, y humillante cuando hablaba de su prójimo. Contaba que en su chaleco siempre traía varias monedas de oro, las cuales movía con sus dedos para que su interlocutor oyera la dulce voz del metal. Sabía simular ser un gran hombre de bien y de mucha generosidad, cuando en el fondo era un hombre muy avaro y hasta mezquino. Este personaje estaba casado con una mujer de Monterrey que no contaba con ningún refinamiento y que para colmo tenía una casa decorada con un gusto espantoso. "Era rechoncha y muy baja de cuerpo. Tenía los pies tan gordos y chiquitos que sus zapatos parecían cajas en forma de píldoras. Su color era verdaderamente prieto y sus facciones muy gruesas", nos contaba doña Lola.




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