No podía faltar entre los artistas de Jalisco el nombre del pintor Chucho Reyes (1880-1977). Hoy hablaremos de sus gallos, sus caballitos y sus flores, hechos de colores y demovimiento. Sobre papel de china, Chucho pintaba angelitos, peces y frutas, y con ellos envolvía regalos que enviaba a sus amigos. Esas amistades recibían una pequeña caja con una tarjetita que decía: "Chucho Reyes Ferreira. Milán número 20" y desenvolvían cuidadosamente su regalo, lo dejaban por ahí porque lo que más los maravillaba eran los bellísimos dibujos que provenían del estudio de la Colonia Juárez. Como decía Carlos Pellicer, más que un ejercicio de pintura, las creaciones de Chucho eran un acto de magia: "Ya estos papeles tienen fama universal. Se diría que el artista, en un gesto de orgullo, escogió para trabajar material tan deleznable. Que pintó así 'por no dejar', según modismo tan nuestro".
La semana pasada, en este mismo espacio, me referí a Jesús Reyes Ferreira, el pintor, el hombre público, el artista que era un símbolo de estatus entre las familias burguesas de los años 40, el gran mito del arte tapatío y el maestro de Juan Soriano y Luis Barragán. Hablé de la eterna leyenda que rodeaba su vida, cuando la sociedad de Guadalajara se horrorizó y lo echó en 1938. A su llegada a la Ciudad de México fue recibido por sus amigos, aunque más que eso eran sus admiradores: Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y Elías Nandino, entre muchos otros.Pero hay otro personaje, no Jesús Reyes Ferreira, sino Chucho, el hombre entrañable que conocí cuando mi madre me llevaba a verlo a su casa de la calle de Milán, y al que continué visitando por años; Chucho, el vecino de mis abuelos, aquel que me llena de nostalgia cada vez que lo evoco y el gran consentido de sus hermanas, Toñita y María, que se desvivían por él.
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