Presos y presas
Por: Guadalupe Loaeza
REFORMA
(23-Feb-2012)
Ha de haber sido en tercer año de primaria; entonces, en el Colegio Francés de San Cosme, teníamos una monja que siempre nos pedía rezar por los presos. "En sus oraciones, niñas, siempre tengan presentes a los presos. No se olviden que Jesucristo, también estuvo preso". Tanto insistía con sus alumnas que hasta imaginé que madame Gorati, como se llamaba nuestra profesora de catecismo, tenía un padre, hermano, primo o hasta un viejo novio en la cárcel. En esa época, yo era muy apegada a mi tía Guillermina, la única solterona de la familia, por parte de mi madre. Entonces mi tía vivía justo enfrente del Sagrado Corazón, bastaba con que diera algunos pasos para encontrarse ante la capillita de su santo preferido, el Santo Niño de Atocha. Era tan devota, mi tía, de su pequeño Santo, que lo tenía, sentado en su sillita, con su sombrerito, su canastita y su diminuta vasija de agua, en el interior de su ropero. Un día se enteró de que habían metido a la cárcel a su billetero de lotería, que solía ponerse frente a las puertas de la iglesia a la que acostumbraba ir, hasta dos veces al día. "Niña, ven acá, vamos a rezarle al Santo Niño de Atocha, el santo de los presos, por el señor de la lotería". Varios días pasamos (de rodillas y con mantilla sobre la cabeza), mi tía y yo, rezándole al pequeño santo que tenía en su ropero: "Santo Niño de Atocha, te pedimos por el señor de la lotería a quien injustamente lo culpan por un crimen que no cometió...". "Ay, tía, ¿cómo sabes que el señor de la lotería no cometió el crimen?". "Cállate, niña, y sigue rezando para que salga pronto de la cárcel. Te pedimos, Santo Niño de Atocha, que no lo abandones y que nunca pierda su libertad interior...", continuaba rezando mi tía muy quedito y rápido.
Ignoro si el Santo Niño de Atocha hizo el milagro, el caso es que al cabo de un mes vi al señor de la lotería muy bañado y contento frente a las puertas del templo sosteniendo en sus manos muchos "enteros" y uno que otro "huerfanito" de billetes de lotería. Después de haberlo observado con atención, efectivamente, no tenía cara de criminal, sin embargo, siempre me quedé con la duda... Desde entonces me volví súper devota del Niño de Atocha. Cada vez que me enteraba de que metían a alguien "conocido" en la cárcel, culpable o no culpable, le rezaba al Niño de Atocha para que saliera en libertad y para que nunca perdiera su "libertad interior"... Así recé por el general Mariles; así recé, varias veces, por Palillo; así recé por el Indio Fernández; así recé por Siqueiros; así recé por los presos políticos del 68; así recé por Sofía Bassi; así recé por el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo; así recé por Díaz Serrano; por La Quina, por Óscar Espinosa Villarreal, por Gloria Trevi, por Kalimba; y, por supuesto, así recé, y sigo rezando, por Florence Cassez y por los presos políticos y de conciencia.
De joven era tal mi obsesión por la suerte (mala) de los presos y las presas, que en mi cartera llevaba una vieja estampita con una oración que decía: "Señor Jesús, Tú siempre te mostraste amigo de los pequeños, de los pobres y de los excluidos: hasta el punto de querer pasar por la experiencia del preso: fuiste denunciado, detenido y apresado en la oscuridad de la noche, conducido a la cárcel y sometido a interrogatorios, insultos, burlas, malos tratos y torturas, juzgado sin las debidas garantías, condenado y ejecutado" (como muchos a lo largo de la historia y también hoy).
El 15 de febrero pasado murieron en un incendio, en la cárcel de Honduras, 360 presos. ¿Cuántos, de entre ellos, no habrán sido inocentes? Lo mismo me pregunté con lo sucedido en cárcel de Apodaca. Inútil decir que no me compadecí por los 30 presos miembros de los Zetas que se dieron a la fuga, pero sí me preocupó que hubieran matado a golpes, cuchilladas y patadas a 44 presuntos sicarios del cártel del Golfo. Todos muertos sin haber utilizado ni una sola arma. Todos muertos a causa de la violencia y del odio. Y todos muertos porque, en la cárcel, presos y custodios estaban coludidos en actos de corrupción, de venta de droga y de traiciones.
Los presos mexicanos ya no caben; en la cárceles mexicanas, ya no hay lugar para tanto criminal, ladrón y miembros de cárteles. Lo malo es que tampoco caben afuera de la cárcel. ¿Qué se podrá hacer con tanto delincuente? ¿Existirá un lugar en el país en el que quepan todos? ¿En qué estado se encontrarán las cárceles para mujeres? ¿Cuánta discriminación y violación a los derechos humanos no existirán detrás sus paredes? ¿Cuántas ratas, cucarachas, suciedad, humedad y deterioro habrá en las cárceles mexicanas? Dice Felipe Calderón que muy pronto serán construidas "una docena" de prisiones, que porque en 20 años no se había hecho ningún esfuerzo. ¿Cuántos asesinatos se habrán acumulado en esas dos décadas? ¿Cuántas cárceles sobrepobladas habrá en todo el país? ¿Qué comen los presos? ¿Cómo tratan a las presas?
Por último, me pregunto si las monjas del Colegio Francés del Pedregal no se encontrarán ante un verdadero dilema al no saber si rezar por los presos, por las autoridades y la policía corrupta, o por los custodios que les abren la puerta a los presos. ¿Qué diría mi tía Guillermina de presos como La Araña, el líder de los Zetas?
Me temo que, en relación a este problema, no nos queda más que rezarle día y noche al Santo Niño de Atocha.




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