Carlos Slim: el mecenas que usa calculadora
Diego Osorno
| domingo, 29 de enero de 2012 |
EL UNIVERSAL
PARTE II
Slim es un personaje fascinante por la paradoja de tener tanto dinero y parecer aburrido. Cuando viaja fuera de México duerme en hotel, en casas rentadas o de amigos, porque decidió no comprar para su uso personal ninguna mansión en el extranjero: presume que ha vivido treinta años en la misma casa. Su equipo de prensa difunde que la ropa que viste proviene de cualquiera de las tiendas Sears de su propiedad, y no de la sofisticada Saks. Cuando fundó su banco Inbursa decidió no registrarlo a la Asociación Mexicana de Bancos porque le pareció caro pagar medio millón de dólares para obtener la membresía —que incluía el uso de las instalaciones de un exclusivo club deportivo—.
Intelectuales y periodistas influyentes, que han sido invitados a comer a sus oficinas de Lomas de Chapultepec, relatan que los alimentos a veces son traídos de la cocina del Sanborn’s más cercano, una antigua cadena de farmacias a la que Slim le agregó con éxito restaurante, pastelería y librería. En eventos importantes, el hombre más rico del mundo suele comportarse sin sofisticaciones: prefiere Coca-Cola Light que vino tinto y en ocasiones aparece comiendo cacahuates japoneses con la mano.
El lugar común para explicar esta forma de ser de Carlos Slim.
Es la reputación tacaña de su ascendencia árabe. Años atrás, cuando viajé a Líbano, donde nacieron sus padres, una profesora me contó la historia de un estadounidense que llega a una tienda de lámparas y ve una que le gusta. Pregunta el precio y el vendedor contesta con el rostro sonriente que son cincuenta dólares, un monto excesivo para una lámpara que sin embargo el cliente acepta mientras dice que se llevará tres. El vendedor se ofende. Le increpa que no haya reclamado un mejor precio y se niega a venderle siquiera una. En la cultura comercial del Medio Oriente, el regateo no sólo es imprescindible: es un acto de cortesía. Pero en México y en casi todo el mundo, un multimillonario regateando está condenado a ganarse la imagen de avaro. A pesar del chiste, puede que Slim no sea un producto de la cultura libanesa, pero sí un ídolo para una comunidad que se precia de su olfato para los negocios y lo emprendedor.¿
En Beirut apenas lo conocen, aunque tiene vínculos personales claves con la historia política reciente del país: su esposa Soumaya Domit Gemayel pertenecía a la familia de donde salieron Bechir y Amin Gemayel, dos de los presidentes más polémicos de la época reciente en el país productor de cedro y de Hezbolá. A diferencia del de su esposa, Slim —Salim, en árabe— es un apellido sin linaje alguno. Hasta ahora.
Un hombre de Líbano que sí conoce la historia de Slim es Issa Goraieb, el principal editorialista del diario Le Journal, un libanés de mirada generosa nacido por casualidad en México a mediados del siglo pasado. Goraieb cree que la gran hambruna que vivió Líbano entre 1910 y 1915 marcó a las siguientes generaciones, sobre todo, a las que emigraron al continente americano y construyeron redes de apoyo, como Julián Slim Haddad, el padre de quien se convertiría en el primer nacido en un país pobre que logró ser el más rico del mundo. Si las culturas árabes tienen reputación de negociantes, los libaneses exiliados a principios del siglo XX que recordaban esas penurias eran todavía más precavidos. Slim Haddad fue hijo de campesinos y tras emigrar en barco a México se volvió un próspero vendedor de telas. Luego fundó y dirigió por años la Cámara Libanesa de Comercio, donde la palabra más invocada para administrar un negocio fue sólo una: austeridad.
Carlos Slim recibió influencias empresariales bastante lejanas del Líbano. Cuando acababa de terminar sus estudios de Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, Slim encontró inspiración en las páginas de una revista Playboy. Un día, entre las fotografías de chicas semidesnudas, leyó un artículo de Jean Paul Getty, el primer hombre en acumular una fortuna de más de mil millones de dólares. La filosofía de Getty, en torno a la necesidad de tener una “mentalidad millonaria” impactó al joven estudiante. Hoy recuerda esa lectura como un momento clave en su vida. A mediados de los sesenta, el magnate petrolero escribía para Playboy sobre negocios. Las páginas de la revista enseñaban a sus lectores a convertirse en consumidores y promovían un estilo de vida desenfadado y hedonista. Eran los años previos a la rebeldía de fines de la década.
En la UNAM, la escuela de Slim, se habían desatado marchas y protestas que acabaron en una masacre de estudiantes ejecutada por el Ejército. Por esa misma época, Getty aconsejaba a los jóvenes a despreciar la radicalidad. Para él se trataba de una apuesta que casi siempre se perdía.
Jean Paul Getty también cobró fama como escritor motivacional. En su libro Cómo Ser Rico, distinguía entre cuatro tipos de personas: 1. Las que trabajan mejor por sí solas que con una empresa. 2. Las que buscan ser las más importantes dentro de una empresa. 3. Las que sólo aspiran a recibir un buen salario. 4. Las que no tienen ninguna necesidad o deseo de prosperar y se conforman con lo que tienen. Los que se ubican en las primeras dos clasificaciones podrían conseguir la riqueza económica porque —abracadabra— cuentan con una “mentalidad millonaria”, explicaba Getty.
El magnate estadounidense decía que su secreto para haber llegado a ser tan rico era levantarse temprano, trabajar hasta tarde y encontrar petróleo. La principal fuente de su fortuna era Getty Inc, un emporio energético que desapareció cuando fue adquirido por Texaco, años después de su muerte. Getty tenía también la fama de no gastar dinero. En la literatura de los magnates, además de ser el billonario pionero, suele ser calificado como “el hombre más tacaño del mundo”. Cuando el Che Guevara inspiraba a los estudiantes latinoamericanos, el héroe de Slim era Getty.
El mismo año en que los Beatles sacaron a la venta su primer disco sencillo, cuando la compañía AT&T lanzó al espacio el primer satélite experimental de telecomunicaciones, Carlos Slim se graduaba de ingeniero civil en la UNAM. Su tesis —“Aplicaciones de programación lineal a algunos problemas de ingeniería civil”— es un documento dedicado a la memoria de su padre. El último capítulo de su trabajo, el joven Slim lo inicia con una frase que hoy asemeja un anticuado slogan publicitario: “Con las calculadoras electrónicas es posible sumar, restar, multiplicar y dividir con una rapidez asombrosa”.
Fructuoso Pérez García, uno de sus compañeros en la UNAM, recuerda que sus maestros celebraron ese trabajo, aunque un Slim de veintidós años de edad también tratara de refutar teorías de Einstein. A principios de los años sesenta, la programación lineal era un modelo matemático novedoso para resolver problemas. Era un terreno espinoso para un estudiante recién graduado. Slim había ensayado una tesis audaz. El modelo había sido aplicado en secreto por el Ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial para organizar mejor las ofensivas militares, con un algoritmo que permitía elegir las actividades necesarias para lograr una meta entre todas las alternativas existentes. En su tesis, el ingeniero que había estudiado para construir puentes y presas pronosticó que las calculadoras electrónicas revolucionarían la forma de hacer negocios en el mundo. Medio siglo después, esos artefactos de museo siguen ayudándole a conservar el control minucioso de su fortuna cuando alguien le cobra una factura.
El ingeniero que puede ganar un millón de dólares en una hora tiene seis hijos: tres hombres y tres mujeres. Carlos, Marco Antonio y Patrick Slim son directores de sus compañías fundamentales; Soumaya, Vanessa y Johanna participan en actividades culturales, mientras que sus esposos ocupan puestos directivos en otras empresas del suegro. A diferencia de Buffet, quien anunció que devolvería la mayor parte de su fortuna a la sociedad y ha legado a sus tres hijos sólo el veinte por ciento de ella, Slim no ha contado cuál es el destino de su dinero cuando muera. Si quisiera repartirlo entre sus más de cien millones de paisanos mexicanos —como se lo piden usuarios en Twitter y Facebook—, cada uno recibiría quinientos dólares, y todos en el onceavo país más poblado del planeta tendrían un iPad.
Cuando eran niños, los hijos de Slim durmieron varios años en dos habitaciones: una para los tres varones y otra para las tres niñas. Su padre se jacta de haberlos educado con responsabilidad. Parece ser cierto: ninguno de los seis ha conseguido la reputación de derrochador. El que más cerca ha estado de esa fama es Carlos Slim hijo, su primogénito, quien en 2010 celebró su boda ante más de mil quinientos invitados, entre ellos un presidente, varios ex mandatarios y un Nobel de Literatura. El menú de la fiesta incluyó más de cien postres y la comida que sirvieron después del banquete fueron platillos de Sanborn’s. A los invitados que estuvieron hasta el final de una boda gigantesca y fastuosa, les invitaron al amanecer comida de una cafetería donde un desayuno vale menos de diez dólares.
En cambio, la historia familiar de Jean Paul Getty, el gurú para aspirantes a millonarios que leían Playboy, fue tormentosa. Tras su muerte se supo que en sus mansiones instalaba teléfonos con máquinas tragamonedas para impedir que la servidumbre, invitados y familiares hicieran llamadas gratis. El relato más conocido sobre su tacañería gira en torno a una oreja: cuando tenía dieciséis años, su nieto John Paul Getty fue secuestrado en Roma. La mafia de Calabria le pidió al abuelo diecisiete millones de dólares a cambio de la liberación de su nieto. El multimillonario, con la fama de ser un trozo de hielo que no se derretía jamás, pensó que aquello podía tratarse en realidad de un autosecuestro de su nieto para sacarle dinero. Durante varias semanas ignoró la advertencia de la Ndrangheta, lo que provocó que los secuestradores mutilaran una oreja a su nieto y se la enviaran. El abuelo accedió a pagar sólo dos millones de dólares que después cobraría a su nieto como un préstamo, con un cobro preferencial de interés del cuatro por ciento.
John Paul Getty no pudo pagar el adeudo a su abuelo. A los veinticinco años, tomó un coctel de metadona, Valium y alcohol que lo dejó paralítico, mudo y casi ciego hasta su muerte veinte años más tarde. Apenas pudo disfrutar la herencia que le había dejado su abuelo. Aunque Slim nunca ha tenido que ponerle precio a la vida de nadie en su familia, su generosidad con otras víctimas de secuestros lo coloca en un plano más halagador que a Getty. Un año después de que Slim entrara a la lista de Forbes, en 1994, el banquero Alfredo Harp Helú, su primo, fue plagiado por un grupo guerrillero mexicano y liberado tras nueve meses de negociaciones en las que Slim se mantuvo en comunicación con sus sobrinos, pese a que por competencia económica, la historia personal con su primo se había vuelto tirante durante esos años.
Continua...




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