Guadalupe Loaeza
Reforma
1.Feb.2010
Más que el mole negro, el tasajo y la cecina, lo que realmente extrañaba don Porfirio Díaz, cuando estaba exiliado en París, eran las garnachas que le preparaba personalmente Juana Catalina Romero, mejor conocida como Juana Cata.
Juana Cata nació en el barrio de Jalisco de la Ciudad de Tehuantepec, el 25 de septiembre de 1837 y murió el 19 de octubre de 1915, tres meses después de que muriera Díaz. Ambos habían conservado una amistad ininterrumpida a lo largo de cincuenta y nueve años. Era tal su complicidad, que dicen que no había día en que don Porfirio no preguntara en su residencia de Bois de Boulogne, si no había llegado carta de la zapotecaJuana Cata. Desde que fuera Jefe Político de Tehuantepec, Díaz, había contado con su ayuda de espionaje. Esta zapoteca de 21años y de origen muy humilde, que no sabía ni leer ni escribir, le informaba de todos los movimientos del enemigo, gracias a lo cual, las tropas liberales triunfaron en 1858 tanto en Mixtequilla como en las Jícaras. Un año después volvían a ganar en Reoloteca. El ascenso no se hizo esperar, fue así que don Porfirio, se convirtió en el coronel Díaz. Hay que decir que Juana Cata fue particularmente diplomática e inteligente, durante la guerra de Reforma. Un día era ocupada la plaza de Tehuantepec por los liberales y otro, por los conservadores. Quién sabe cómo le hacía Juana Cata el caso es que con ambos bandos, “guarda velada relación con los actores, pues muchos de los “patricios” habían participado en la defensa del país en la batalla de Puebla, pero al cambiar algunas situaciones se habían pasado al lado de los conservadores, perteneciendo sus núcleos familiares a la población nativa”, del libro: “Oaxaqueñas que dejaron Huella”, Emilio García Romero y Miguel Angel Ortega Mata. Es justo decir, que más que amorosa, como tantas veces se ha sostenido, la relación de Díaz y de Juana Cata, fue exclusivamente de amistad, de ayuda, de complicidad y de agradecimiento mutuo. Los dos eran ambiciosos, a los dos les llamaba la atención el poder, el dinero y el progreso.
Respecto al carácter férreo de Juana Cata, no nos debemos de sorprender, don Andrés Henestrosa, se preguntaba en vida en relación a las mujeres istmeñas: “¿Qué clase de mujeres son estas, de donde vendrán para ser así?, son hacendosas, ahorran, traen el dinero amarrado al ceñidor, son fuertes pero al mismo tiempo amorosas, manejan la educación de los hijos y la economía familiar, por ello puedo afirmar, que la mujer zapoteca es considerada por poetas y pintores como única de carácter aguerrido”. En el caso de Juana Cata, no nada más fue aguerrida, sino que fue excepcionalmente hábil para los negocios: así como empezó vendiendo tabaco, en las hojas de mazorca que ella misma preparaba, terminó teniendo una tienda muy exitosa llamada “La Istmeña”. Esta extraordinaria jugadora de billar quien aprendiera a leer y a escribir a los 30 años, se dedicó, igualmente, a la exportación de la grana y el añil, fue
dueña de varios ingenios de azúcar, la cual exportaba, ganando incluso varios premios internacionales. Viajó a Estados Unidos, a Europa y en 1902, la recibe el Papa. Se convirtió en la mayor importadora de textiles, fijando así las reglas del vestido tehuana tradicional, para que lucieran más elegantes. Construyó escuelas, hospitales, e iglesias. Como bien dice su biógrafa, Francie R. Chassen López: “”La historia sólo se acuerda de Juana Cata como ese amor pasajero de Porfirio, pero realmente fue una mujer extraordinaria, que tuvo una carrera, que fue empresaria, agricultora, benefactora del pueblo, pero de eso no se acuerda la historia”.
Acerca de Juana Cata se han escrito muchos mitos, uno de ellos es el tendido de las vías del tren, supuestamente ordenado por Porfirio Díaz para que pasara frente a las puertas de su casa y llegar así a verla más pronto. No obstante, las investigaciones de Francie R Chassen nos dicen que se terminó el tren en 1907, cuando don Porfirio, tendría más de 70 años. Otro mito, es aquel que cuenta que cuando Díaz escapaba de los conservadores durante la Intervención Francesa, huyó a la tienda de Juana Cata y se escondió bajo sus faldas. Nada más falso. Entonces Juana Cata todavía no tenía su tienda, y además en esa época, usaba enagua de enredos que era una tela que se amarra, lo cual era prácticamente imposible que alguien se pudiera ocultar debajo de ese tipo de falda. En relación a la vestimenta de Juana Cata, el historiador francés Charles Brasseur que la conociera personalmente escribió: “Recuerdo también que la primera vez que la vi quedé tan
impresionado por su aire soberbio y orgulloso, por su riquísimo traje indígena, tan parecido a aquel con que los pintores representan a Isis, que creí ver a esta diosa egipcia o a Cleopatra en persona. Esa noche ella llevaba una falda de una tela a rayas, color verde agua, simplemente enrollada al cuerpo envuelta entre sus pliegues desde la cadera hasta un poco más arriba del tobillo; un huipil de gasa de seda rojo encarnado, bordado en oro; una especie de camisola con mangas cortas caía desde la espalda velando su busto, sobre el cual se extendía un gran collar formado con monedas de oro, agujeradas en el borde y encadenadas unas a otras”. .
El jueves, les platicaré la cita que tuve con Juana Cata, en su maravillosa casa, (inspirada en el Castillo de Chapultepec), la cual esperamos que se convierta en el primer museo de Tehuantepec. No dejen de leer esta excepcional vivencia…





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