Luis de la Barreda Solórzano
La Razón - 18. Feb. 2011
Si sólo se tratara del montaje para la televisión y de la falta de aviso a la representación diplomática francesa, habría violaciones al debido procedimiento, pero éstas por sí mismas no pondrían en duda la participación de Florence Cassez en varios delitos de secuestro.
La dubitación surge no de esas irregularidades sino de que las versiones de las víctimas fueron cambiando con el tiempo y de que uno de esos testimonios es parcialmente desmentido por un dictamen pericial no refutado. A estos aspectos de fondo no hace referencia alguna la escueta nota informativa —tres cuartillas y media— del Consejo de la Judicatura Federal acerca de la resolución del tribunal colegiado que niega el amparo contra la sentencia que condenó a la quejosa a 60 años de prisión.
La señora Cristina Ríos, madre del menor, dijo en su primer relato que no podría identificar a ninguno de los secuestradores porque nunca les vio la cara ya que estaban siempre encapuchados, ni su tono de voz porque hacían diferentes voces. Al tener a la vista a la acusada y escucharla hablar, no la reconoció físicamente ni reconoció su voz. Dos meses después, ya en San Diego con su hijo, aseguró que en la casa de seguridad donde estuvo secuestrada escuchó la voz de Florence —que identificó también en un audio, como su hijo— no una sino varias veces.
Ezequiel Yadir Elizalde aseveró desde su primera declaración que reconocía a la acusada, exponiendo que fue ella quien pinchó el dedo meñique de su mano izquierda con una aguja, supuestamente para anestesiárselo antes de cortárselo y mandarlo a su familia. Elizalde mostró ante el Ministerio Público la marca de la punción. Pero el dictamen médico de la defensa, no objetado, indica que esa huella, un punto de coloración roja, corresponde no a una punción previa sino que es una petequia, esto es una mancha pequeña en la piel debida a una efusión interna de sangre
Otra secuestrada, Valeria Cheja, no identificó a la acusada ni escuchó ningún tipo de voz de mujer. El coacusado Israel Vallarta, ex novio de Florence, sostuvo que ella pasaba todo el día trabajando en el hotel Fiesta Americana de Polanco —donde, en efecto, trabajaba la acusada— y que no participó en los secuestros ni estaba enterada de que en el domicilio de él había personas secuestradas.
El secuestro es uno de los delitos más graves y más crueles. El secuestrador merece una pena sumamente severa. Pero lo aquí referido hace ineludible una pregunta angustiosa: ¿Florence fue una secuestradora?
ldelabarreda@icesi.org.mx




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