Reforma 8-Jun-2010
María Carlota Amelia Victoria Clementina a los 16 años, ya era una gran dama que deslumbraba por su belleza y personalidad. Desde muy pequeña dio muestras de una gran inteligencia. La muerte de su madre, María Luisa de Orleans, cuando Carlota sólo tenía 10 años, convirtió a su abuela materna, María Amalia, viuda del Rey Luis Felipe de Francia, en la persona responsable del cuidado y la educación de la pequeña. Si algo le preocupaba a esta abuela tan intuitiva, era la complejidad de carácter que tenía esa niña con sensibilidad a flor de piel. La veía alternar la madurez de una persona mayor con arranques caprichosos o accesos de melancolía. Pero sobre todo, le llamaban la atención los estados de profundo hermetismo en los que podía caer la pequeña Carlota.
Cuando el Rey Leopoldo I de Bélgica, que se sentía muy orgulloso de su hija, se percató de que Carlotita ya era toda una mujer, preparada para el matrimonio, decidió ocuparse de la cuestión de inmediato. Sin duda alguna, era la princesa más bella de Europa y no tendría ningún problema en encontrar un marido que valiera la pena. A fines de mayo de 1856, se presentó un candidato de 24 años de edad. Fernando Maximiliano de Habsburgo, Archiduque de Austria. La primera noche que pasó en Bélgica, se ofreció un banquete en su honor y al día siguiente una comida más íntima. Leopoldo I le dio un tratamiento especial al joven archiduque, al que no le hizo el menor impacto y, por si fuera poco, la actitud de su anfitrión le pareció aburrida y pretenciosa. Carlota se enamoró a primera vista. "Llegaste tú y contigo llegaron la juventud y la alegría y supe que mi vida tenía una luz distinta porque los iluminabas tú con tu humor y tus sonrisas. Cómo te agradecí que cuando llegaste a Bruselas, con tu uniforme blanco de almirante de la flota austriaca. Y en tus ojos aleteaban las violetas azules que crecen en las faldas de los Alpes del Tirol", recordaría Carlota con nostalgia años más tarde. En las cartas que Maximiliano le escribió a su hermano, habla del Rey Leopoldo sin hacer mención alguna de Carlota. El padre de la princesa había enviado a un sobrino a Viena con instrucciones para que el joven pudiera pedir la mano de su hija. Maximiliano se puso a considerarla retrospectivamente. "Ella es bajita y yo soy alto, como debe ser. Ella es morena clara y yo soy rubio, un buen detalle también. Ella es muy inteligente, lo que no deja de ser un fastidio, pero sin duda saldré airoso". Estas profundas reflexiones no demostraban una pasión desenfrenada. Sin embargo, después de asegurarse con su futuro suegro de que no sólo se trataba de una unión con objetivos políticos, le dirigió unas pomposas líneas a su prometida: "Señora, la graciosa respuesta de su Majestad, vuestro augusto padre, me ha hecho profundamente feliz y me autoriza a dirigirme directamente a vuestra alteza real para expresar mi reconocimiento más cordial y más vivamente sentido por el consentimiento que habéis tenido a bien dar a mi petición, consentimiento que garantiza la dicha de mi vida". Más tarde le envió una carta en la que le aseguró que la fama de sus virtudes y de su belleza habían llegado hasta el más recóndito pueblo del imperio y que toda Austria se regocijaba de tenerla como nueva archiduquesa. Carlota no cabía de felicidad. En Maximiliano había encontrado todas las cualidades que esperaba en un hombre. Además, él sería incapaz de serle infiel como lo había sido su padre.
Lo que aún no sabía Carlota era que el nacimiento de su Habsburgo, 24 años atrás, estaba ligado a una tragedia. Sofía, una princesa de Baviera, madre de Maximiliano, era muy joven cuando la casaron con el Archiduque Francisco Carlos, hijo y hermano de emperadores, que era una auténtica nulidad. Tímido y falto de carácter, aburría profundamente a la joven y vigorosa princesa, que se encontró trasplantada en la corte de Viena entre una familia sofocante, arisca y austera. Con la única persona con la que podía platicar, intercambiar impresiones y compartir diversiones era con un joven muy guapo, de mirada triste, actitud romántica, pero sumamente enfermizo. Este hombre era nada menos que el hijo de Napoleón I y de la Archiduquesa María Luisa: el Aguilucho o Rey de Roma que nunca fue rey y nunca fue a Roma. Tanto Sofía como él disponían de todo su tiempo, y pasaban horas juntos en su jaula dorada de Sch"nbrunn. Sofía veía con angustia cómo tosía y escupía sangre. La única ocasión en que no pudo estar con él fue porque empezó con los dolores de parto. Sofía estaba embarazada de su segundo hijo. Ese mismo día el joven murió. Al enterarse Sofía de la muerte de su amigo, se desmayó tres veces y perdió el conocimiento por horas, sufriendo de una fiebre que la llevó a las puertas de la muerte. A raíz de este episodio tan dramático para Sofía, la princesa se convirtió en una avejentada, dura, severa, amargada y autoritaria matrona. Su reacción y su lamentable aspecto dieron pie a una serie de chismes en la corte de que ese recién nacido, nombrado Maximiliano, en realidad era el hijo del Aguilucho. Sin embargo, no había fundamento alguno para llegar a esa conclusión. Pero lo que sí resultaba muy evidente es que durante toda la vida de Sofía, en lugar de preferir a su hijo mayor, Francisco José, siempre manifestó una ternura excesiva por Maximiliano.
Maximiliano llegó a Bruselas para asistir a todas las festividades en honor de él y su prometida, y para arreglar el aspecto práctico de la unión. No sólo se informó sobre los gustos de Carlota, sino que hizo preguntas muy concretas sobre la fortuna de su futura esposa. El joven Leopoldo, hermano de Carlota, ya había oído decir que Max era sumamente interesado. Leopoldo I le otorgó un suplemento a la dote. "Le apasiona la etiqueta. Nunca habíamos visto una rapacidad comparable, ni un deseo similar de riqueza", criticaba el Conde de Flandes, hermano menor de Carlota,.
Antes de la boda, Maximiliano se reunió amistosamente con los hermanos de Carlota para hablar de mil temas, entre los cuales tocaban el tema inevitable de las mujeres y, de confidencia en confidencia, Maximiliano confesó a sus incrédulos cuñados que nunca había tenido ninguna amante, jurándoles que era virgen.
Al día siguiente de la boda, Leopoldo vio a los recién casados unos minutos después de haberse despertado. "Carlota se veía con el semblante cansado, pero resignado", escribiría en su diario el extrañado hermano, "según Max todo fue bien, Carlota se mostró razonable y durante el acto repetía 'estoy sorprendida'". Cansada tal vez lo estaría. Pero ¿resignada? ¿Resignada, a qué? Lo que no mencionó en su diario es que además del séquito italiano que había llevado Maximiliano, se presentaron como invitados especiales dos personajes que estaban destinados a desempeñar un papel esencial en la vida del archiduque, su ayuda de cámara y su ayudante de campo.
Los recién casados se dirigieron a Viena para que Carlota conociera a su nueva familia, los Habsburgo. Su suegra la recibió con muestras de cariño, en parte para vengarse de su nuera Sissi, esposa del emperador Francisco José, a la que detestaba. No había día en que no le recordaba a Sissi que tenía los dientes demasiado amarillos o bien que su pelo larguísimo no tenía el menor brillo. Sin embargo, cuando hablaba de su segunda nuera lo hacía en los siguientes términos: "Carlota es encantadora, hermosa, atractiva y dulce. Agradezco profundamente a Dios la mujer elegante, inteligente y culta que le ha dado a Max". Continuaron su viaje hacia Milán, donde Maximiliano tenía que reincorporarse a su puesto de gobernador general de Lombardía-Venecia que formaba parte del imperio. Carlota impresionó por su domino del idioma y el interés que de inmediato tomó en lo que sería su reino. Tenía apenas 17 años.
Carlota declaraba que era tremendamente feliz. Ella cumplía con los deberes propios de su posición y él siempre por montes y valles, reclamado aquí y allá, por los deberes de su cargo. Pero la joven acabó por confesar que se sentía muy sola porque Max nunca le pedía que lo acompañara; además, no se había embarazado. Los italianos querían a Maximiliano, pero no a los austriacos. Un romántico y exaltado patriota italiano atentó contra la vida de Napoleón III y fue condenado a muerte. Esto provocó una oleada de acciones en contra de los austriacos, que terminó en guerra y la pérdida de Lombardía, que marcó el primer paso hacía la unidad italiana. Desde el momento en que empezaron los conflictos, Maximiliano mandó a su esposa fuera de Milán, lo cual significó una separación muy larga. Aunque la echaba mucho de menos, no hacía nada para reunirse con ella, pero le escribía cada dos días cartas en que le decía la falta que le hacía. En una de ellas le escribió: "Deberíamos de tener hijos". ¿Quería esto decir que hasta entonces no habían hecho lo necesario para tenerlos?
Habiendo sentido la derrota del imperio como si fuera la suya, Maximiliano por fin se reunió con Carlota en el Castillo de Miramar. No querían ver a nadie y llevaban una vida de anacoretas. Había sido retirado de su puesto de virrey y, a los 30 años, ya no ocupaba ninguna posición, ni tenía ningún puesto y no veía un futuro claro. Pero Carlota no se dejaba derrotar. Por primera vez desde su boda, Maximiliano y Carlota se encontraban juntos solos. El archiduque dedicaba todo su tiempo, dinero y energía al avance de las obras de su castillo de Miramar. Carlota montaba a caballo, pintaba, leía, se paseaba. Seguía tan enamorada, cada día lo encontraba más admirable. Entonces decidieron ir muy lejos, a Brasil, pero, Maximiliano decidió ir solo. Varias semanas más tarde, Carlota recibió una carta de su marido: "Si no tuviera mis obligaciones de marino y no sintiera vergüenza ante Dios, hace tiempo que hubiera regresado a ti. Estuvieron separados tres meses. La familia belga le preguntaba a Carlota: "¿Por qué no lo ha acompañado? ¿Por qué se quedó sola en Madeira?". Carlota cerraba la boca y callaba. Para colmo, en cuanto llegó a casa, Maximiliano se marchó a Viena.
La existencia que los dos llevaban en ese momento no era la que Carlota había previsto; ya no gozaban de honores, no tenían corte ni tampoco responsabilidades. Carlota se aferraba a la idea de que su esposo tenía un destino brillante. Leopoldo, su hermano, la visitó: "Mi cuñado está más gordo, tiene los dientes peor y está más calvo. Carlota no dice nada, no confiesa nada y lo que nos ha escrito no es tan revelador como lo que no nos ha escrito", reportó a Bélgica Leopoldo.
Maximiliano volvió a ausentarse y volvía a escribir cartas maravillosas a su esposa. Por fin pudieron mudarse a Miramar y una vez instalados, Maximiliano tuvo que ir de nuevo a Viena. De regreso, Max se las arreglaba para estar siempre en compañía de sus amigos y de los oficiales de la guarnición para beber, fumar y divertirse. Durante una visita que les hicieron Sissi y Francisco José a Miramar, Carlota y el emperador se dieron cuenta de que había nacido un idilio entre sus respectivos cónyuges. Por más platónico que fuese, Carlota se quedó helada, pero no dijo nada y Francisco José aborreció con toda su alma a su hermano. Ya no podrían esperar nada de Francisco José. El futuro se veía negro, sobre todo que la armonía entre Carlota y su esposo había dejado de reinar.
En octubre de 1861, la pareja recibió una gran oferta: ¿Aceptarían ocupar el trono de un Imperio que se fundaría en un país llamado México?
A oídos de Maximiliano, las palabras: imperio, emperatriz, trono, corona, le sonaron a gloria. "Es una locura", opinaban unos; "es un proyecto muy peligroso", declaraban otros. "Los asesinarán, los asesinarán", gimió y lloró la abuela de Carlota. Después de muchas cavilaciones y de muchas dificultades, se embarcaron hacia su nuevo reino. Cruzaron el Atlántico.
Así como Maximiliano había construido un palacio blanco que miraba hacia el mar, Miramar, en México le construyó a Carlota un castillo gris que miraba hacia el valle y los volcanes cubiertos de nieve, Miravalle. Carlota pensó que sería el nido que Maximiliano había concebido para albergar sus amores, pero nada más instalarse, le anunció que tenía que marcharse a una gira por provincias. Le escribió cartas amorosísimas. ¿Solamente la quería de lejos? Maximiliano delegó en Carlota múltiples responsabilidades. No tenía hijos y le sobraba el tiempo. Tenía que asistir al consejo de ministros, además le ha dejado la regencia. La emperatriz, orgullosa de su rango, trabajadora incansable se aplicaba concienzudamente y no tenía espacio para el romanticismo, que además su esposo no fomentaba de ninguna manera. Dormían separados desde hacía mucho tiempo. ¿Cómo era posible que una pareja tan joven, unida por el amor, no hiciera vida marital? La ocupación preferida de Maximiliano era hacer turismo, no hacer el amor. Era divertirse con sus amigos, pero no hacer el amor. Era platicar horas y horas con sus dos acompañantes, pero no hacer el amor. Como de costumbre, Carlota ocultaba sus sentimientos. De pronto, el emperador decidió que su esposa ya no lo ayudara en asuntos de Estado. Tal parecía que la pareja se evitaba. Carlota se sentía humillada y se encerraba en su orgullo herido. Se volvió glacial, altiva, dura, exigente. Para colmo de humillaciones, Maximiliano decidió adoptar a un niño para garantizar la sucesión del trono. Esto significaba a ojos del mundo entero que Carlota era estéril y callaba todos los rumores de la impotencia de Maximiliano. Una vez más por amor, Carlota aceptó hacer un viaje sin su marido. Nada más alejarse, el hombre se sintió perdido sin su mujer y le escribía cartas desesperadas. Carlota sufrió aún más humillaciones. Ahora se murmuraba que había llegado al extremo de engañarla con indígenas. Jamás se había sentido tan sola. Su padre acababa de morir. Su adorada abuela también, dejándole una herencia impresionante que a ella no le interesaba. Las cosas iban de mal en peor para Maximiliano. Napoleón III decidió retirar las tropas francesas. Sin tropas no podía haber imperio. Tras haber pasado semanas huyendo de Carlota, Maximiliano se encontró cara a cara con ella, quien le informó que partiría hacia Francia para entrevistarse con Napoleón. Ella arreglaría todo. Durante dos días se encerraron en el castillo sin ver a nadie. Carlota, sumisa, escuchó las instrucciones de su marido como si fuera la Biblia. El 9 de julio de 1866, Carlota se despidió de su amado esposo, que rompió a llorar. Ella mantuvo el control.
Dicen que después de un viaje del emperador a Viena algo pasó que rompió para siempre la relación conyugal. Dicen que Carlota se enteró de una infidelidad de su marido y que nunca más quiso dormir con él. Dicen que en México la habitación del emperador fue visitada muy a menudo por las damas más elegantes de la corte. Dicen que Maximiliano era impotente y que nunca había estado con una mujer. Dicen, y lo dijeron mucho, que era homosexual. Dicen que Carlota era demasiado estrecha para el coito y que el acto conyugal no se había consumado. Dicen que Maximiliano nunca la tocó. Dicen que nunca mantuvieron relaciones físicas. El misterio mejor guardado del imperio quedó sin resolver.
Pero ahora lo que más se insiste en decir es que Maximiliano estaba más enamorado de la fortuna de su mujer y de los encantos de sus acompañantes. Sin embargo, Carlota murió enloquecida, pero sobre todo convencida de que su marido sí la había amado, como ella lo amaba.





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