Para conocer un poco más sobre los últimos momentos de Porfirio Díaz, comparto con ustedes, algunos fargmentos del libro de Carlos Tello Díaz, El exilio, un relato de familia, de la Editorial Cal y Arena. Tello Díaz es el tataranieto de don Porfirio, su abuela Christiane Casasús de Díaz se casó con José Díaz, nieto del general.
La Familia Díaz (1911-1915)
Porfirio Díaz vivió con tranquilidad el desenlace de su vida. El escritor de la Revolución, Martín Luis Guzmán, entonces también desterrado, recogería más tarde de doña Carmen una descripción muy detallada de los días que pasaron ambos en París, al lado de Champs Elysées. “Todas las mañanas” escribió en el “Tránsito sereno de Porfirio Díaz” entre nueve y diez, salía a cumplir el rito de su ejercicio cotidiano, que era un paseo, largo y sin pausas, bajo los bellísimos árboles de la avenida. Su figura, severa en el traje y en el ademán, había acabado por ser a esa hora una de las imágenes características del paseo. Cuando lo miraba advertían, más que el porte de distinción, el aire de dominio de aquel anciano que llevaba el bastón no para apoyarse, sino para aparecer más erguido” (…)
A la una de la tarde en punto, acudía con su mujer a la mesa de su comedor en el Astoria. Los atendían las sirvientas que con ellos salieron al exilio. Juana Serrano y Nicanora Cedillo.El general comía un poco de carne asada con verduras y seguía bebiendo, como de costumbre, su copa de vino con agua. Extrañaba el tasajo, la cecina, el mole negro que disfrutaba los domingos en la casa de sus suegros(…)A pesar de que la vejez fue benévola con él, los años no pasaron en vano para don Porfirio. Al final de su vida sufría, como maldición, ataques de vértigo que lo forzaban a permanecer en cama. Los vértigos, según los médicos,eran provocados, como la sordera,por unos desequilibrios en el interior del oído. El mundo del general se derrumbaba, y con su mundo se derrumbaban también los cimientos de su propia vida (…)En la primavera de 1915, la salud del general cayó por un despeñadero. Los nietos lo dejaron de ver en el apartamento que, desde la salida del Astoria, rentaba con su mujer en la avenida del bosque de Boulogne. “Estamos muy encerrados”, escribió Carmelita. “Solamente vemos el bosque, que está precioso”.
El general Díaz era cuidado por el doctor Feliz Gascheau, médico de barrio, que lo tranquilizaba con el alegato de que sus dolencias eran motivadas nada más por el cansancio de los años. Don Porfirio no podía saber que moriría con esclerosis en las arterias, pero vislumbró su fin entre las palabras sin persuasión del doctor Gascheau. A su hijo le comunicó que él, como soldado, sabía lo necesario que todos los hombres eran en el frente de batalla, y que por ningún motivo quería que los militares le rindieran honores durante sus exequias. Dejó de salir de sus habitaciones a finales de mayo. Al lado de la ventana, sobre su sillón, se complacía con ver cambiar el color de las hojas de los castaños conforme se disipaba la luz del atardecer. Hablaba mucho de Oaxaca. Allá tenía planeado regresar para trabajar en una hacienda platanera. “Me dará con qué vivir mientras muero”, decía con voz muy seria. Recordaba los muros verdes del mesón de La Soledad, sus vigas blancas, la balaustrada de ladrillos entrelazados en la que jugaba de niño con su hermana Manuela.
Debió de recordar también el olor de las madreselvas de los portales, y el sonido del agua de manantial con la que su madre, doña Petrona,regaba por las tardes sus macetas de begonias. El general se remontaba sin esfuerzos a los años que transcurrieron en La Noria para evocar, con la mano temblorosa, la cota de los cañaverales en el momento de la zafra(…)
Don Porfirio recuperó la serenidad en los días que precedieron a su muerte. Fue su manera de saldar las cuentas con el pasado.Así lo dejó ver su mujer, Carmelita, en una carta que mandó por esas fechas a Limantour. “Porfirio tiene la creencia” decia, “de que cuando se calmen las pasiones y lleguen a juzgarse con absoluta frialdad a los hombres y las cosas de México, la verdad acabará por abrirse paso. ¡Dios lo haga! Mientras tanto le aseguro a usted que yo quisiera aprender, pero no puedo, sus lecciones admirables de paciencia, de silencio y de perdón”. Transcurrieron así los últimos momentos de la vida del general. Estaba muy debilitado. El 28 de junio, extenuado, ya no quiso salir de sus habitaciones. Al día siguiente, a sugerencia de sus médicos,la familia mando llamar un sacerdote. Por la noche, el padre Carmelo Bray, con el hábito de San Felipe de Jesús, escuchó sin parpadear la confesión de sus pecados. Estaban con él nada más algunos familiares. Los nietos sin excepción, permanecieron en su casa con Ignacia, la nana que salió con ellos a bordo del Ypiranga. La desolación en el hogar era lo que hizo presentir el fin de su Papá Grande. A media mañana del 2 de julio la palabra se fue acabando y el pensamiento haciéndose más y más incoherente. Se complació oyendo hablar de México:hizo que le dijeran que pronto se arreglarían allá todas las cosas, que todo iría bien. Poco a poco, hundiéndose en sí mismo, se iba quedando inmóvil. Todavía pudo, a señas, dar a entender que se le entumecía el cuerpo, que le dolía la cabeza. Estuvo un poco con los ojos antreabiertos e inexpresivos conforme la vida se apagaba”. A las seis de la tarde perdió por fin el conocimiento. Minutos después sin abrir los ojos, falleció. Ese mismo viernes, durante la velación, acudieron al número 23 de la avenida del bosque de Boulogne los representantes del gobierno de Raymond Poicaré El sábado por la mañana, sin haber dormido, el coronel asistió con dos testigos a las oficinas del ayuntamiento para dar fe del deceso de su padre.Los médicos recibieron entonces instrucciones de proceder al embalsamiento.”L´opération est urgente”, advirtieron, “par crainte de décomposotion”. Un día después, el domingo, inyectaron el cadáver con sales de alúmina para su conservación.Las exequias tuvieron lugar el 6 de julio por la mañana, en un templo situado en la plaza de Victo Hugo:el templo de Saint- Honoré d’ Elylau. Acudieron a la ceremonia muchos de los mexicanos que compartieron el exilio con la familia del general. Era posible distinguir entre todos ellos a Francisco León de la Barra, a Miguel Béistegui, a Sebastián Mier, José Vega Limón, a Miguel Yturbe a Guillermo Landa y Escandón.
En la lista de los dolientes no figuraba, sin embargo, el nombre de José Y. Limantour. Al mediodía, antes de depositar el ataúd en la gaveta, los presentes guardaron un minuto de silencio. El ataúd, cubierto por la bandera de México, mostraba sobre su vértice la espalda del general Porfirio Díaz.




sra. loaeza le pido disculpas por no haberla leido anteriormente es usted enorme gracias por su columna
Publicado por: marcelino velazquez martinez | 03/23/2010 en 03:34 p.m.