—Finalmente, don Porfirio, quisiera preguntarle por la mujer que más años estuvo con usted, por la mujer que lo acompañó hasta sus últimos días, y que a lo largo de más de tres décadas fue la señora de Díaz, es decir, doña Carmelita Romero. Dicen que gracias a su paciencia logró cambiar su fuerte carácter. Dicen que gracias a ella se le quitó la costumbre de subir las escaleras corriendo, de hablar mientras comía y de escupir frente a sus invitados. ¿Es cierto, don Porfirio, que para que tuviera usted una piel más clara todas las mañanas doña Carmelita le maquillaba la cara con polvos de arroz? ¿Cuánta influencia tuvo en usted?
Claramente vi que estas preguntas no le gustaban a don Porfirio. Por suerte no le pregunté si uno de los logros políticos más importantes de doña Carmelita fue acordar una tregua con la Iglesia. Hay que decir que, por un lado, don Porfirio no aplicaba las Leyes de Reforma y, por otro, la Iglesia apoyaba las cotidianas reelecciones de Díaz. ¿Pero habrá existido realmente el amor entre ambos, a pesar de que había entre los dos una diferencia de 34 años? Puede decirse que la vida amorosa del general fue un enigma para sus contemporáneos. Porfirio y Carmelita estuvieron juntos por más de 30 años, y juntos se fueron a París. Cuando pasaron por Veracruz, rumbo a París, Carmelita le daba té de hojas de naranjo a su esposo para calmar sus nervios. También estuvo con don Porfirio en el momento de su muerte.
En una entrevista que le hicieron muchos años después, dijo: “Cuando le cerré los ojos y lo besé por última vez, creía morir también. Realmente el corazón sucumbiría al dolor si no sintiéramos dentro de él la seguridad de que esta separación es tan sólo pasajera ausencia”. Sí, doña Carmelita estuvo a su lado hasta sus últimos días, cuando don Porfirio dejó de salir de sus habitaciones y su única distracción era ver cómo se ponía el atardecer desde su cuarto, y hablaba frecuentemente de Oaxaca. “¿Sabes qué, Carmelita?, en cuanto podamos, nos vamos a ir a vivir a Oaxaca, a una hacienda en donde podamos cultivar plátano. Eso me dará de vivir mientras muero”, le decía mientras observaba con mucha melancolía el atardecer de París. Dicen que se acordaba con mucha melancolía de su hermano Félix, de su madre y de la hacienda de la Soledad, donde jugaba de niño al lado de su madre.
—¿Que le cuente de Carmelita? Creo que ésa es la pregunta más difícil de cuantas me ha hecho. ¿Cómo podría resumir en unas pocas palabras todo lo que fue Carmelita para mí? Como usted acaba de decir, fueron más de tres décadas las que pasamos juntos. Me gustaría decirle que a Carmelita no sólo la quise yo, sino que los poetas, los músicos y los pintores le dedicaban sus obras de arte. Que las mujeres de ese tiempo querían ser como ella. Que mi Carmelita quería tanto a la gente que viajó a París con todas las cartas que el pueblo le mandaba. A veces, ella volvía a leer esas cartas en las que los mexicanos la colmaban de elogios y me contaba que tenía una gran nostalgia por nuestro país. ¿Pero sabe qué, señora Loaeza? Lo único que me da alegría es que Carmelita haya pasado sus últimos días en México…
—En efecto, general, sus restos reposan en el panteón de La Piedad. Por cierto, don Porfirio, ¿no le gustaría reunirse con ella, es decir que se llevaran los suyos a su patria? Le recuerdo que hay mucha gente que quiere que usted regrese.
De pronto se hizo un gran silencio. Se hubiera dicho que la sola posibilidad de su retorno a su país lo mortificaba profundamente. Tuve que repetirle la pregunta.
—¿No le gustaría regresar a su tierra, Oaxaca?
—Pensándolo bien, creo que lo mejor es que permanezca en Francia, país que me acogió hace 99 años. Finalmente, doña Guadalupe, no me encuentro tan mal en el panteón Montparnasse. Allí me van a visitar, con respeto, muchos compatriotas. Es preferible que me sigan recordando, a la distancia, con nostalgia y hasta con admiración. Seamos sinceros, doña Guadalupe, mi retorno a México nada más provocaría polémica, rechazo y hasta enfrentamiento. Hay algo que los mexicanos todavía no me perdonan…
En ese momento, me di cuenta de que Díaz estaba visiblemente emocionado. Incluso le temblaba la voz. Se veía pálido, demacrado y muy cansado. Seguramente lo habían perturbado tantos recuerdos. Pero tal vez lo que más lo entristecía era corroborar, una vez más, que por encima de su leyenda personal todavía era un símbolo de confrontación de los mexicanos.
—Tiene usted razón, don Porfirio, ¿para qué regresar a un país con tantos problemas? Créame que México nunca había estado tan mal como ahora. Si yo le contara… Mejor celebre desde Francia nuestro bicentenario con una botella de champagne y, al brindar, diga desde el fondo de su corazón: Vive le Mexique!
(Continuará...)




no he podido conseguir el libro de las yeguas desbocadas ya saldria a la venta.
ya que a mi hija y a mi nos encanto el de las yeguas finas.
nos caes muy bien.
Publicado por: sofia laura lecuona carreño | 03/27/2010 en 05:13 p.m.
Estimada Sra. Loaeza,
Me encanta su espacio, sin embargo empece a leer la historia a partir del capítulo 15, podría informarme donde puedo leer los primeros 14?
Mil gracias,
Saludos de Toluca.
Publicado por: Norma Cuellar | 02/13/2010 en 03:03 p.m.
es inkrehible lo k lei en este espacio la sra,,loaesa ne kae mal pero reconosco que me atrapo su forma de escribir
Publicado por: belen arriaga | 01/12/2010 en 06:22 p.m.
Nunca habia entrado a este sitio y me fascinò yo admiro a Porfirio Dìaz desde los 10 podrìa decir que lo amo tanto como Carmelita, gracias por estos espacios
Publicado por: Ita Yuyi Rojas | 12/13/2009 en 10:23 a.m.