—Ay sí, discúlpeme, don Porfirio. Tengo mucha curiosidad de que me cuente de Juana Catalina Romero.
—¡Ah, cómo no! Fue otra mujer a la que recordé toda la vida. A ella la conocí en un billar, durante la guerra de Reforma, en 1859… Era una mujer zapoteca; ¿sabe usted que cuando la conocí ella no sabía leer y era además muy humilde? ¿Quién iba a decir que se convertiría en una rica hacendada?
No podía creer la mirada tan enternecedora que ponía don Porfirio al recordar todas las mujeres de las que se había enamorado. ¿Sería cierto que Juana Catalina fue la única mujer a la que el general seguía visitando hasta prácticamente unos días antes de salir al destierro? Muchas personas opinan que ella fue tan inteligente que le pidió al presidente que se ocupara de mejorar las condiciones de vida en el istmo de Tehuantepec. Lo que sí es cierto es que estuvieron ligados toda la vida, tan es así que dicen que Juana Catalina murió el mismo día que don Porfirio.
—Cuando Juana Catalina era muy joven, vendía a los soldados cigarros que ella misma hacía, y con el dinero que fue ahorrando puso un comercio al que bautizó como La Istmeña. Tenía una gran inteligencia para los negocios, con decirle que se dedicó a exportar añil y grana. Finalmente llegó a tener ingenios azucareros que la hicieron famosa en el mundo, ya que también exportaba azúcar. Pero sobre todo, se interesó por la gente de su pueblo, al grado de que hizo dos escuelas para los niños zapotecos.
—¿Y a usted por qué le gustó Juana Catalina, don Porfirio?
—Pues imagínese que durante la guerra de Reforma, cuando me encontraba peleando contra los conservadores, llegué a un billar del istmo y ahí estaba Juana Catalina, jugando con los hombres. Era una joven bellísima, de apenas 19 años, muy alta y morena, pero lo que más destacaba de ella eran sus dos ojos enormes y brillantes. Tenía su collar de monedas de oro y las trenzas recogidas sobre la cabeza, con listones de colores, hilos dorados y una flor prendida en el pelo. En el pueblo se contaba que Juana había inventado la manera de vestirse de las mujeres zapotecas. Imagínese mi impresión cuando la vi tan quitada de la pena, tomando su mezcal. Además, déjeme decirle que era una mujer que siempre andaba armada y que tenía un manejo excepcional de las armas de fuego.
—Debió de haber sido una mujer muy creativa en la forma de vestirse…
—Juana iba cada año a Europa y de ahí traía siempre telas para que sus amigas y las mujeres el pueblo pudieran hacer sus vestidos. Por eso es que la gente del istmo de Tehuantepec se viste tan elegantemente.
—¿Y usted quiso mucho a Juana, don Porfirio?
—Pues acerca de ella sólo le voy a decir una cosa, para que usted saque sus propias conclusiones. Cuando la Compañía Luisianesa de ferrocarriles llegó a Oaxaca, hice que la vía del tren pasara por enfrente de su casa. ¡Cómo no iba a hacerlo, si ella fue una mujer muy valiente! Gracias a ella conseguimos muchas donaciones económicas para la causa juarista, sin olvidar que ella fue una espía magnífica que vigiló muy hábilmente a los conservadores.
—¿Es cierto que usted mandó construir una répli-ca del castillo de Chapultepec en Tehuantepec, para que en él viviera Juana Catalina? ¿Y que ese palacio tenía seis recámaras, muchos jardines, caballerizas y hasta un comedor para más de 20 personas que fue traído de Francia?
—Eso dicen, doña Guadalupe.
De lo que sí estoy segura es de que don Porfirio enamoró a muchas de sus mujeres con su arrogancia, con su carácter lleno de resolución, pero sobre todo con su porte militar. Lo que sí no se le daba bien a Díaz era la ortografía. Menos mal que no se imagina que sus cartas de amor se han divulgado por todos lados, porque si se enterara tal vez se pondría furioso. Hay una carta dirigida a Delfina Ortega, su sobrina y primera esposa, hija de su hermana Manuela Díaz. Porfirio tenía 20 años cuando la veía jugar con sus sonajas de semillas. Por su parte, ella siempre sintió una gran admiración por su tío, a pesar de que sólo lo había visto cuando era niña. Siempre fue la sobrina consentida, a la que le llevaba muchos regalos cada vez que iba a Oaxaca y a la que paseaba en su caballo por las calles de la ciudad. Hay que decir que Delfina había quedado huérfana muy pequeña y que entonces, otra hermana del general, Nicolasa, se hizo cargo de ella. En una ocasión, cuando ya habían pasado los años y don Porfirio tenía mucho tiempo de no recibir noticias de su sobrina, le llegó una carta de Nicolasa en la que le decía: “Querido hermano, tu sobrina Delfina te admira mucho y ahora se ocupa de coserte un sombrero con el águila nacional para que lo utilices en tus campañas”. Entonces, el general no se aguantó las ganas de declararle su amor, el cual ya había advertido tiempo atrás. Claro que Díaz no tenía los modos tan refinados, así que le mandó una carta muy poco apasionada:
En la balanza de mi corazón no tienes ribal… no hay rason para que yo permanesca en silencio, ni para que deje al tiempo lo que puede ser inmediatamente… Con la seguridad de que si es negativamente no por eso bajaras un punto en mi estimación y en ese caso adoptare judicialmente por hija para darte un nuevo carácter que te estreche más a mi, me abstendre de casarme mientras vivas, para poder concertar en ti todo el amor de un verdadero padre.
No me pongas dificultades para que yo te las resuelva porque perderíamos mucho tiempo en una discusión… Si me quieres dime sí o no claro y punto. Yo no puedo ser feliz antes de tu sentencia. No me la retardes.
—¿Cómo reaccionó su sobrina doña Delfina cuando usted se le declaró, don Porfirio, con esa carta tan bonita, escrita con tanta espontaneidad?
—Bueno, creo que se puso muy nerviosa. Tal vez no lo esperara tan abiertamente… pero tampoco creo que no haya sospechado nada. Yo siempre tuve una disposición muy paternal hacia ella. Y cuando leyó mi cartita, de inmediato me respondió con otra muy bella: “Mi muy querido Porfirio: tengo ante mis ojos tu amable carta de fecha 18 del presente (1861). No sé cómo comenzar mi contestación; mi alma, mi corazón y toda mi máquina se encuentran profundamente conmovidos al ver los conceptos de aquella…” Era su manera de decirme que ella también sentía lo mismo que yo. Nos casamos el 15 de abril de 1867, pero yo no pude asistir a la boda, me casé por poder, pues me encontraba en el momento más álgido de la batalla contra los invasores franceses. Así es que desde que ella me dio el “sí” hasta la fecha de nuestra boda pasaron seis años, en lo que yo estuve peleando al lado de los liberales.
—Don Porfirio, déjeme que le lea lo que su tataranieto, Carlos Tello Díaz, escribió sobre doña Delfina: “Recibió de su padre la finura de sus rasgos, la sangre más indígena de su madre en cambio, apenas se le vislumbraba. El cabello lo tenía largo, castaño brillante, peinado casi siempre con caireles. Sus labios eran delgados y la mirada de sus ojos asustada, como la de los venados. Era bonita”.
—Tiene toda la razón Carlos Tello Díaz. Qué bien escribe mi tataranieto, así era mi adorada Delfina, pero así como la describe, con esa mirada asustada, también debo decirle que era una mujer muy frágil. Me dio siete hijos, de los cuales, como le dije anteriormente, murieron cinco. Cuando nació Victoria, la última de nuestras hijas, estaba tan débil que las dos, madre e hija, murieron a las pocas horas. Mi esposa tenía entonces 34 años. La enterré en el panteón del Tepeyac, sobre la tumba mandé poner los nombres de Fina y los cinco hijos que se nos murieron, y un epitafio que decía: “La naturaleza los hizo aparecer fugaces sobre la tierra”. Cuando nos casamos fuimos a vivir a Tlacotalpan. No sabe qué felices fuimos en ese lugar. Ahí, Delfina se sentaba horas a ver el Papaloapan, con mucha languidez. En ocasiones, cuando se sentía más decaída, se iba con su familia a bañarse en los balnearios de Tehuacán. Fueron años de mucha tranquilidad para mi querida Fina y para mí. Desde Tlacotalpan salí a México para encabezar la rebelión de 1876 que habría de llevarme al poder ese mismo año. Ya siendo presidente de la República, mandé por Delfina para que viniera a la capital. Ella no se esperaba para nada que iba a llegar con todos los honores puesto que ahora era la primera dama de México. Sin embargo, Fina llevó una vida muy retirada, acompañada principalmente por nuestra hija Luz (nuestro hijo Porfirio vivía entonces en Veracruz). A partir de entonces, llegaban muchísimas cartas dirigidas a ella de todos lados de México para pedirle algún favor, o para enviarle regalos. A veces llegaban sombreros, sarapes, cuadros, poemas, incluso en una ocasión la gente de Campeche le mandó una rebanada de cazón para que lo probara.
(continuará…)




te he acusado de sentir lastiam por tus compatriotas, de ir tirando rencor y envidia por todos tus escritos, de ser prima hermana de Lopez Obrador, mentalmente hablando, pero COPIONA???, Guadalupe, nunca te lo habia dicho, bueno pues a los que hemos leido el libro de Francisco martin Moreno de Arrebatos Carnales, leeran esta misma historia......que barbaridad niña mal...¡¡¡¡¡
Publicado por: Martinillo | 03/27/2010 en 12:37 p.m.