—Pero no hablemos de cosas tristes, general. Mejor cuénteme de sus otros amores. Tengo la impresión de que usted fue siempre un hombre muy seductor; seguramente le robó el corazón a muchas novias de muchos lugares. Con todo respeto, sospecho que usted necesitaba ser un constante Don Juan, de allí su necesidad de conocer a todo tipo de mujeres. Mire, le voy a contar algo que quizás usted no sabe. ¿Se acuerda de Petrona Esteva?
Apenas dije “Petrona Esteva”, súbitamente me di cuenta de un cambio en la mirada de don Porfirio. ¿Qué recuerdos le habrá traído este nombre? ¿Será cierto que fue una de las mujeres más valientes que conoció? Dicen que hasta sus últimos meses, cuando estaba en París con doña Carmelita, se preguntaba por el destino de esta novia que tuvo en su juventud. Cómo no se iba a poner nostálgico al recordar a esa mujer tan especial.
Juchitan, Oaxaca
—Claro que la recuerdo, doña Guadalupe, ¡no me diga que usted sabe algo de ella! A Petrona la conocí unos días después de que murió mi madre, en Juchitán, cuando yo estaba peleando contra los conservadores. Era una mujer de un gran carácter. Nunca tenía miedo de nada. Se hubiera dicho que le hablaba de tú a la vida. Recuerdo que siempre me miraba de frente; nunca me habló de usted, como se acostumbraba entonces. Caminaba descalza, con su falda que ella misma se había tejido. ¿Qué habrá sido de ella, doña Guadalupe?
—Pues fíjese, don Porfirio, que Petrona vivió más de 100 años y, a esa edad, seguía caminando completamente descalza por Juchitán. Llegaba hasta la cantina en donde estaban tomando todos los hombres del pueblo y se asomaba, vestida con sus enaguas y su trapito en la cabeza. En la tienda trabajaba un niño que después fue un gran escritor juchiteco, se llamaba Andrés Henestrosa. Este niño tenía órdenes del dueño de la tienda, don Juvencio Arenas, de que cada que llegara doña Petrona le tenía que servir su copita de mezcal. Dicen que a veces Petrona platicaba de usted, don Porfirio. La gente la quería tanto que hasta le compusieron una canción, ¿quiere que le recite la letra, general?
—Por favor, doña Guadalupe, me gustaría mucho escucharla.
Petronita de mi vida,
Petrona la luz del día,
cuando te alejas de mí, ¡ay, Petrona!,
mi alma queda vacía.
En Jaltipan nacen flores,
en Coatzacoalcos hay primores,
en Tehuantepec hay bonitas, ¡ay, Petrona!
y en Juchitán hay mejores.
Todos querían mi muerte,
sin saber qué causa he dado.
El gusto sería por ti, ¡ay, Petrona!,
tenerme muerto enterrado.
Tú eres la linda Petrona,
Petrona de azul celeste,
no dejaré de quererte, ¡ay, Petrona!,
aunque la vida me cueste.
Vi que los ojos de don Porfirio se le llenaban de lágrimas. ¿Habrá sido esta mujer la que más quiso en su vida? De pronto, se aclaró la garganta y me dijo:
—Ahora le voy a contar yo una anécdota, doña Guadalupe, para que entienda por qué me gustaba tanto Petrona. No sé si usted recuerde, pero los juchitecos su unieron contra los invasores franceses, quienes llegaron hasta Oaxaca a finales de 1866. De manera espontánea, mis paisanos se unieron al ejército republicano y combatieron a las tropas de Napoleón III. Juchitán era un sitio estratégico porque era el paso para poder controlar Chiapas. Como los juchitecos no tenían intenciones de rendirse, los franceses mandaron un batallón de 2 000 integrantes llamado “La cola del Diablo”. Ya se imaginará que ningún juchiteco pensaba rendirse, incluso hasta los ancianos y los niños se unieron a la guerra. Desafortunadamente, sólo eran 500 juchitecos los que estaban defendiendo la ciudad. Fue una batalla tan terrible que muchos oaxaqueños se replegaron a su pueblo, pues no estaban seguros de poder ganar. Lo que no sabían era que Petrona estaba esperándolos con muchas mujeres. ¿Sabe qué hizo en cuanto los vio llegar derrotados? Pues se puso frente a ellos y les gritó: “¿Qué dicen, que no pueden ganar la batalla? Pues entonces préstennos sus armas y pónganse nuestras enaguas, y van a ver si los sacamos o no”. Era tan imponente la actitud de Petrona que los hombres regresaron a pelear y esa tarde le ganaron la batalla a los franceses. ¿Qué le parece, doña Guadalupe?




Maravilloso!. Felicidades
Publicado por: Héctor Suárez Barenca | 03/29/2010 en 03:48 p.m.