Porfirio Díaz durante las Fiestas del Centenario
De pronto, me pareció que su mirada se iluminó. Como que una pequeña luz se encendió de repente en su interior. En su rostro vi una expresión que se me figuró de orgullo y hasta de cierta vanidad.
—Qué bueno que se acuerda de todo eso, doña Guadalupe. Creo que ya nadie recuerda los festejos que hice en torno al centenario de la Independencia en 1910. ¿Sabe? Creo que ésa es otra de las cosas que más me duelen, que nadie sepa cuántos aspectos me deben los mexicanos en relación con la Ciudad de México. ¿Usted cree que alguien sepa que yo inauguré ese espléndido monumento?
—Yo creo que sí, don Porfirio —le dije sin estar muy segura.
—Le voy a decir que yo estuve ese día acompañado del vicepresidente Ramón Corral, además de todo el gabinete y los representantes de los 31 gobiernos que enviaron a México, los miembros del cuerpo diplomático y los comisionados de los tres poderes de la Unión. No sé si usted esté enterada de que ese monumento costó 390 685 pesos.
—Hablando de los festejos del centenario, ¿por qué no me cuenta un poco de lo que se acuerda? Lo que sucede es que estamos a punto de celebrar el bicentenario. Esto será en tan sólo un año, ¿y sabe usted que el gobierno de Acción Nacional, que en estos momentos gobierna el país, no ha organizado gran cosa? Se diría que la historia los tiene sin cuidado. Para que me entienda, don Porfirio, el pan es como el partido conservador de nuestros días.
—No me diga… le recomiendo mucho que les cuente todo lo que hice yo. Tardé 10 años organizando los festejos del centenario. Mire, lo primero que le tengo que decir es que la celebración de la Independencia fue para mí muy importante. Siempre tuve presente que se trataba de un momento sumamente especial para nuestro país en el extranjero. No escatimé un peso; con decirle que solamente para alumbrar los edificios públicos se instalaron cerca de millón y medio de bujías eléctricas y que la energía que se gastó durante el mes ascendió a 168 millones de watts. Imagínese que, a lo largo de todo el mes de septiembre de 1910, pareció como si la Ciudad de México se disfrazara para una fiesta. Todos los días hubo festejos, desfiles, inauguraciones, bailes, banquetes, discursos, tés danzantes, congresos, exposiciones, kermeses, funciones de cine, desfile de carros alegóricos, brindis, homenajes, actos cívicos, fuegos artificiales, excursiones a Xochimilco y a Teotihuacan, develaciones de placas conmemorativas, procesiones militares, funciones de gala en todos los teatros y fiestas en todas las escuelas. No sé si usted sepa que los gobiernos de 31 países mandaron representaciones diplomáticas para acompañarnos en esas fechas…
—Oiga, mi general, ¿en dónde se hospedaron tantas personas tan importantes? Me imagino que eran muchísimos representantes.
—Así es, eran cientos de invitados de otros países. Algunos traían incluso hasta marinos y soldados, como es el caso de Alemania, Francia y Brasil. Estos militares desfilaron al lado de nuestro ejército el 16 de septiembre. De manera muy generosa, muchos miembros de las familias más distinguidas prestaron sus residencias para instalar a nuestros huéspedes. Por ejemplo, mi yerno Ignacio de la Torre y Mier prestó su residencia para alojar a la representación italiana.
Nada más escuché este nombre y me ruboricé. De pronto tuve la impresión de que formaba parte de mi familia. Así de familiar sentía a Nacho de la Torre, porque finalmente, y a pesar de que hizo sufrir tanto a Amada, le tomé afecto…
—¡Ay, don Porfirio, qué bonito! Me imagino que esa casa era muy suntuosa. Seguramente usted se acuerda muy bien de cómo era.
—Sí, cómo no. Esa casa estaba enfrente de la plaza Reforma y era tan grande que la fachada tenía formadas 14 ventanas, además del portón, y dos pisos de alto. Además, desde los balcones se contemplaba la estatua de Carlos IV, de Manuel Tolsá. No tengo palabras para darle una idea de la elegancia de esa residencia que tanto me gustaba. Tenía tibores, columnas dóricas y grandes candelabros. Recuerdo que cuando el marqués Di Bugnano y su esposa entraron al vestíbulo, se sorprendieron bastante sobre todo al ver los cuadros italianos que había en los salones. También recuerdo que la señora Lorenza R. viuda de Braniff muy amablemente prestó su palacio para alojar a los visitantes de Japón. Ese palacio, uno de los más impresionantes de la ciudad, estaba en Paseo de la Reforma 27. En agradecimiento por su generosidad, el emperador Yoshihito, de Japón, le confirió a doña Lorenza la Condecoración del Tesoro Sagrado. Tal vez la obra que más despertó la admiración del país fue la inauguración del Manicomio General que se hizo en los terrenos de la antigua hacienda de la Castañeda. Este complejo de 24 grandes edificios y dos pabellones costó 2 243 345 pesos. Tenía capacidad para 1 000 internos, los cuales eran atendidos en el edificio de enfermos distinguidos, y también en los de alcohólicos, imbéciles, tranquilos y enfermos peligrosos. Asimismo había un edificio para enfermería y electroterapia…
—Perdone que lo interrumpa, don Porfirio, pero ¿es cierto que se pudo hacer una fábrica de pólvora que no arrojaba humo?
—En efecto, así fue. Se encontraba en el pueblo de Santa Fe y se trató de uno de los edificios militares más importantes de su tiempo. Pero quiero decirle que los festejos del centenario fueron planeados de manera muy acuciosa. En primer lugar, las inauguraciones correspondieron a monumentos cívicos y a edificios militares, científicos, religiosos, educativos y públicos. Yo mismo puse la primera piedra de casi todos esos edificios.
—Don Porfirio, ¿no hicieron alguna gran fiesta para los invitados extranjeros?
—No fue solamente para los extranjeros. El 23 de septiembre ofrecí un gran baile en el Palacio Nacional al que fueron invitadas 8 000 personas. Lo primero que se hizo fue decorar la fachada de Palacio, cuyas tres puertas se adornaron con marquesinas inmensas con escudos de las banderas nacionales y extranjeras. Hubo plantas tropicales, focos incandescentes, y hasta crisantemos y orquídeas por todos los pasillos que llevaban al gran salón. Imagínese la sorpresa de nuestros invitados, doña Guadalupe, que al llegar al patio central se encontraron con 80 arcos divididos en dos cuerpos. De techumbre había un enorme plafón en forma de cúpula sostenido por cuatro columnas corintias. Lo que más me impresionó a mí, personalmente, fue el gran rosetón de focos con que culminaba el plafón. Por todos lados había lámparas iluminando cada rincón del baile; puedo decirle que había miles de ellas. Por aquí y por allá había divanes guindas así como adornos florales. También había grandes espejos del lado oriente, pero más allá, a un lado de estos espejos, se encontraba una orquesta integrada por 150 músicos dirigidos por el maestro Rafael Gascón. Junto a la orquesta se colocaron muebles lujosísimos, así como tapices, lunas venecianas y estatuas de bronce y mármol. Mi esposa, doña Carmelita, fue la encargada de recibir a todos los diplomáticos invitados y a nuestras amistades. Bueno, hasta los tocadores, que eran seis, estaban adornados con el mejor gusto. La escalera era muy elegante, llena de luces. En uno de los muros de los corredores se instaló la enorme mesa oficial para el banquete, con capacidad para 200 cubiertos. No obstante, en el piso superior había más mesas y salas de fumar para los demás invitados. Muy puntual, a las diez de la noche, entré a Palacio vestido de civil, para encabezar la ceremonia. No puedo olvidar que, luego de saludar a nuestros invitados, se hizo una suntuosa columna a nuestras espaldas, doña Carmelita y yo iniciamos el baile hasta las doce de la noche. A esa hora pasamos al comedor… ¿Me creerá, doña Guadalupe, que no recuerdo qué se sirvió de cenar esa noche? Curiosamente es lo único que he olvidado de esa fiesta única. Lo que sí recuerdo es que al terminar de cenar, mi esposa y yo nos retiramos de Palacio, pero nuestros invitados permanecieron en él hasta las primeras horas del día…
Vi que don Porfirio estaba cansado luego de relatarme tantos aspectos de esa gran celebración, que duró un mes. No obstante que lo vi un poco agotado, reflejaba un ímpetu tan especial que por primera vez me percaté de su dimensión histórica. No era sólo don Porfirio, el exiliado, sino el general Díaz, quien había impresionado al mundo con estos festejos y con su leyenda personal. En ese momento comprendí por qué Tolstoi lo llamó “héroe de la paz” y “prodigio de la naturaleza”; por qué Cecil Rhodes, el magnate de los diamantes que colonizó el sur de África, se refirió a él como “el primer artesano de la civilización en el siglo xix”, y por qué el empresario Andrew Carnegie, quien es considerado el segundo hombre más rico de la historia, decía que Díaz era “el Josué y el Moisés de México”. Me quedé tan impresionada, que me despedí muy discretamente del general y le pedí permiso para regresar al día siguiente.
—Claro, sin problema. Nada más que un poquito más tarde… Debo recuperar mis fuerzas, porque, créame, tantos recuerdos me emocionan demasiado…
(Continuará...)




ME PARECEN FENOMENALES ESTOS RELATOS LLENOS DE VIDA, Y RELAMENTE TE INTEGRAN AL MOMENTO ME GUSTARIA QUE HUBUERA MAS RELALOS ACERCA DE LOS GRANDES BANQUETES CON LUJO DE DETALLE PUES SOY ESTUDIANTE DE GASTRONOMIA Y EN MI ESCUELA ESTAMOS ORGANIZANDO UN BANQUETE PARA FESTEJAR EL CENTENARIO DE LA REVOLUCION Y ME GUATRIA SABER COMO ERAN ESAS GRNADES CELEBRACIONES.
Publicado por: Adriana Ortega Juárez | 02/01/2010 en 03:31 p.m.