—Doña Guadalupe, qué bueno que llegó —me dijo cuando apenas me vio llegar—. ¿De qué quiere hablar hoy? ¿Le interesan los personajes históricos que conocí? ¿Quiere que le cuente de los presidentes y embajadores que traté? ¿Desea que le platique sobre mis campañas militares? ¿Quiere que le cuente de las celebridades mundiales que se expresaron tan bien de mí y de mi gobierno?
—Con todo respeto, permítame decirle, don Porfirio, que hoy tiene usted un semblante espléndido. Se conoce que descansó. Qué bueno, porque a veces tengo remordimientos de abusar demasiado de su magnífica disposición. En fín, ya que se encuentra en esa tesitura tan cordial, quiero preguntarle precisamente acerca de un personaje en su vida. ¿Cuál es su opinión de don Benito Juárez? Dicen que se conocieron desde muy jóvenes, que sus vidas políticas fueron muy cercanas, pero al mismo tiempo llenas de conflictos…
—Oh, ma chère amie… Hablar de ese personaje siempre me ha implicado un esfuerzo muy grande. Lo primero que se me viene a la mente es la gran amistad que tuvimos… en una época. Casi puedo decirle que durante muchos años nuestras vidas corrieron paralelas, por nuestro ideario, nuestras ambiciones y sobre todo por mi admiración a su impecable carrera. Pero no quisiera contestar a la ligera su pregunta, ya que se trata de un hombre de una estatura histórica excepcional, así que haré algo de historia. Usted recordará que, siendo yo muy joven, entré al seminario por decisión de mi madre y por compromiso con mi padrino, el señor cura de Nochixtlán, don José Agustín Domínguez, quien era además mi primo. Ahí estuve por un tiempo estudiando todas las mañanas; aún no era interno pues sólo ingresaría al convento una vez que tomara las órdenes. Por esos días conocí a don Marcos Pérez, quien era catedrático de derecho en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, y viendo que yo sabía algo de latín, me pidió que le diera clases de esta lengua a su hijo Guadalupe. Recuerdo que iba todas las tardes a su casa con mi diccionario y mi gramática latina para dar mi lección. Déjeme decirle que en esa época los profesores eran extremadamente autoritarios y era casi imposible dirigirse a ellos para intercambiar alguna palabra, pues tanta era la autoridad que inspiraban. Pero un día, cuando llegué a la casa de don Marcos, me hizo pasar a su despacho. A estas alturas ya gozaba de su confianza y no me extrañó que me invitara a una distribución de premios que tendría lugar esa misma noche. Pero cuál no sería mi sorpresa que, al llegar al instituto, me presentara con un hombre bajo de estatura pero de un gran carisma. Don Marcos dijo: “Don Benito, le presento al joven Porfirio Díaz, a quien estimo mucho”. ¡Se trataba de Juárez, quien en ese momento era gobernador de Oaxaca y director del instituto!
—Oiga, general, ¿y cómo era don Benito en su trato personal?
—Pues imagínese cómo era su carácter que apenas lo traté decidí dejar el seminario. Me fui a mi casa muy emocionado, tanto que no pude dormir toda la noche. Don Benito tenía una forma de ser tan franca y cordial, tan lejana del autoritarismo de mis profesores del seminario. Al otro día, en la mañana, me paré enfrente de mi madre y le anuncié mi decisión. No puedo decirle cuánto lloró y, sobre todo, cuánto se enojó mi primo el licenciado Domínguez. Éste se ofendió tanto que me exigió que le devolviera los libros que me había regalado para que yo estudiara teología. Se los devolví y nunca más volví a verlo; él siempre se rehusó a reunirse conmigo porque sentía que yo lo había traicionado. Pero yo estaba feliz de inscribirme en el instituto que dirigía Juárez, a pesar de que nunca tomé clases con él. No obstante, con frecuencia me lo encontraba en casa de don Marcos Pérez y siempre tuvimos una relación afectuosa, hasta que nos separaron nuestras diferencias políticas.
--—¿Cuándo ocurrió eso, don Porfirio? Porque entiendo que usted fue uno de los mejores militares de la guerra de Reforma.
—Bueno, como usted sabe, primero libramos la guerra de Reforma contra los conservadores, y posteriormente me alisté a las órdenes de Juárez en contra de los franceses, precisamente con sus tíos abuelos, doña Guadalupe. Puedo decirle que todos peleamos heroicamente, pero también hay que exaltar el trabajo de don Benito para reunir en muy poco tiempo a 38 000 hombres dispuestos a luchar contra los franceses. Hay una relación entre ambas guerras: la victoria de Juárez contra los conservadores, gracias a la cual se consolidó la Reforma, dejó al gobierno en un estado económico de estrechez; ésta fue la ocasión que aprovechó Napoleón III para mandar las tropas de su país con la intención de convertirnos en una colonia francesa.
A lo largo de esta conversación, era evidente la actitud orgullosa de don Porfirio. Era natural, pues si alguien había ayudado a Juárez fue él. Cuando los franceses llegaron a México, Díaz ayudó a tener controlado todo el sur del país. No obstante, las cosas no eran así en el norte, pues ahí Juárez tuvo muchas más dificultades. No hay duda de que Díaz fue siempre un hombre de acción, poco afecto a hablar de política o de cosas “profundas”, como él mismo decía. Dice el historiador Paul Garner que el pre-sidente siempre se mostró reacio a explicar su ideario liberal y que si escuchaba a un intelectual quejándose de su gobierno, él comentaba: “Ese gallo quiere su maiz”. Con quienes sí tenía una gran afinidad era con los masones. Don Porfirio había llegado a ser grado 33, al igual que Juárez, es decir, la máxima posición. Lo que ni de chiste me hubiera contado Díaz era que tanto él como Juárez y Marcos Pérez eran parte de la logia más radical de la masonería oaxaqueña y que este último era su líder.
—Don Porfirio, ¿es cierto que usted acorraló a Leonardo Márquez, quien tenía la fama de ser un militar sanguinario?
—Así es. Márquez sirvió a los traidores, y no sólo se dice que era un sanguinario, en realidad lo era. Cuando fue gobernador de Jalisco, ordenó el asesinato de un estudiante estadounidense. Pero el episodio más tristemente célebre fue cuando derrotó a los liberales en Tacubaya. Márquez fusiló por órdenes de Miramón a los oficiales, a sus jefes y hasta a los médicos, enfermeros y jóvenes estudiantes de medicina que se encontraban en ese momento curando a los heridos. Entre ellos se encontraba un joven poeta que murió a los 22 años, se llamaba Juan Díaz Covarrubias y escribió la novela Pasionaria. Pasados muchos años, Márquez se desempeñaba como jefe militar de la Ciudad de México al mando del ejército de los traidores. Cuando gané la plaza, Márquez salió de la ciudad disfrazado de arriero y se fugó a La Habana. En 1895 lo indulté y pudo regresar a México. Pero ¿sabe algo, doña Guadalupe? Cuando regresó era un anciano decrépito que salía a caminar todas las mañanas y la gente que lo reconocía lo miraba con desprecio. Cuando se sentaba en cualquier lugar de la Alameda, de inmediato se desocupaban los bancos aledaños. Nadie quería cruzarse con ese asesino. Era tan odiado que tuvo que regresar a Cuba. Los periodistas de esa época lo llamaban “sabandija”. Uno de ellos, Ciro B. Ceballos, dijo que la gran infamia de Márquez fue haber nacido.
—¿Y cómo agradeció Juárez sus servicios frente a la Intervención francesa, don Porfirio? Me imagino que estuvo muy agradecido con usted…
—Lo primero que hice, una vez que tomé la Ciudad de México, el 21 de junio de 1867, fue mandarle un parte oficial. ¿Usted lo conoce? Para mí fue un documento sumamente importante, por eso puedo repetírselo con absoluta fidelidad:
Felizmente terminada la gloriosa guerra que la Nación ha sostenido contra la intervención extranjera en el dilatado período de cerca de seis años, con la rendición de la Capital de la República, al Ejército que tengo la honra de mandar, según comunico a usted en oficio separado de esta fecha, he llenado mi primer deber poniéndola a disposición del Gobierno Supremo Constitucional de la República. Paso a cumplir con el segundo, manifestándole que considerando ya innecesarias las facultades omnímodas que me ha conferido e inútil mi permanencia en el encargo de General en Jefe del Ejército y Línea de Oriente, que sin merecimiento mío me encomendó, hago formal dimisión de dicho cargo, dando al Presidente y a su digno Ministro las más rendidas gracias por la confianza con que me han honrado, y suplicándoles se sirvan designarme la persona que deba substituirme en el mando de este Ejército.
—Ay, don Porfirio, pero qué buena memoria, ¿cómo es posible que se acuerde tan literalmente de ese documento, después de tantos años?
—Gracias, doña Guadalupe, pero cuando uno se encuentra en este estado no hace más que acordarse del pasado. Permítame continuar con mi relato: cuando Juárez entró triunfalmente en la Ciudad de México, yo estaba esperándolo en Tlalnepantla, pero él tuvo un imperdonable error político: se subió a su carruaje negro y me dejó solo. Yo me quedé desconcertado… estaba parado en medio de la gente. En ese momento, pensé que el presidente me estaba enviando un mensaje: el poder era para él solo. El señor Lerdo de Tejada se dio cuenta de lo ocurrido y me hizo un espacio en su carruaje, al cual me subí con mucha confusión. Poco después comenzaron las campañas para la elección presidencial de 1867.
—¡Qué barbaridad, qué trago tan amargo tuvo que pasar! Pero ¿acaso no tenía usted el apoyo de los intelectuales, como Ignacio Manuel Altamirano e Ireneo Paz? Si mal no recuerdo sus hazañas militares impresionaron gratamente a los mexicanos, quienes tenían toda la intención de votar por usted…
—Pues sí, en efecto, así es, doña Guadalupe, pero hay un detalle: Juárez era muy hábil desde el punto de vista político. Entonces sustituyó a los gobernadores inconformes por otros más cercanos a su persona, con lo que aseguró muchas simpatías en su favor. Él obtuvo más de 7 000 votos y yo cerca de 3 000. Sin embargo, ya estaba claro que había una oposición política que me tenía entre sus preferencias. Pero puedo decir a favor de Juárez que siempre respetó la independencia del Poder Legislativo, aun cuando sabía que estaba fortaleciéndose un grupo liberal que estaba en contra suya. Pero, por otra parte, trató de pedir permiso al Congreso para reprimir a las guerrillas opositoras que se habían levantado en varios lugares de la República. Cuando me enteré de eso, yo me opuse terminantemente a reprimir a todos aquellos mexicanos que habían luchado a nuestro lado en contra de los invasores franceses.
—Don Porfirio, leí que cuando Juárez dio muestras de quererse reelegir en 1871, Lerdo renunció a la presidencia de la Suprema Corte para hacerse candidato opositor. ¿Usted cómo reaccionó?
—Bueno, doña Guadalupe, eso se hizo público en 1871. Yo proclamé un manifiesto en el diario El Mensajero, en el que hice patente mi adhesión a la Constitución de 1857 y prometí elecciones libres y soberanas. De todas formas, Juárez ganó por casi 6 000 votos, yo obtuve alrededor de 5 500 y Lerdo casi 3 000. De inmediato recibí ayuda de mi hermano Félix, quien era gobernador de Oaxaca, para pronunciarnos a favor de menos gobierno y más libertad.
—Se refiere usted al Plan de la Noria, ¿no es así? Tengo entendido que hubo muchos militares que lo secundaron, mi general, pero ¿usted sabía que tenía desventaja frente al gobierno?
—Eso no podría decírselo ahora, porque justamente estábamos en pleno levantamiento cuando Juárez murió… Es cierto que tuvimos fuertes diferencias en vida, pero una vez que murió nunca le escatimé méritos. Apenas un año después de su muerte, Juárez fue declarado “Benemérito en grado heroico”. En ese entonces se puso su nombre con letras de oro en el Congreso. También se aprobaron 50 000 pesos para su monumento y 10 000 para su sepulcro. En 1880 inauguré su mausoleo en el panteón de San Fernando, el cual está formado por un solo bloque de mármol de Carrara esculpido por los hermanos Juan y Manuel Islas, que representa a la patria mirando al cielo, con su mano tocando el pecho del cuerpo de Juárez. Le recuerdo que en 1906, el año de su centenario, le hice festejos muy importantes para recordarlo, ya que siempre lo he considerado un gran mexicano, importantísimo para nuestra historia…
En ese momento, don Porfirio se quedó mirando en la lejanía. Se veía triste y cansado. No había duda de que no sólo recordaba a Juárez, ambos habían tenido unas vidas vinculadas muy estrechamente. Me imaginé que ya no quería seguir hablando de este tema, pues tal vez recordar estas campañas militares también lo hacía recordar a Oaxaca, su tierra a la que ya no iba a volver a visitar nunca.—¡Cuántas cosas hizo por el Benemérito! Porque, por añadidura, usted inauguró su hemiciclo en la Alameda.
(Continuará...)




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