El martes por la noche se presentó, en la librería Rosario Castellanos, el primer libro de Froylán Enciso, en el que narra y explica las labores diplomáticas de Octavio Paz en París. Se titula Andar fronteras. El servicio diplomático de Octavio Paz en Francia 1946-1951 y fue editado por Siglo XXI. Allí estábamos, Lorenzo Meyer, el autor, Jaime Labastida y la arriba firmante. Me sorprende que nadie hasta ahora haya abordado este aspecto de la vida de nuestro poeta, quien, además de ser uno de los grandes nombres de la literatura mexicana del siglo XX, dedicó 24 años de su vida a representar a México desde 1944, cuando gobernaba Ávila Camacho, hasta su renuncia a la embajada de la India en protesta por la matanza de 1968. Quizá fue el amor por la historia de México que Froylán aprendió en El Colegio de México lo que le ayudó a desenterrar un aspecto tan importante de la vida del poeta.
El libro se centra y recrea en el dramático y complicadísimo periodo de la reconstrucción de Francia luego de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Froylán me visitó para platicar sobre el libro regresé a las Memorias de Helenita Paz Garro, y me encontré con esta descripción: "Llegamos a un París desolado, donde en realidad no había nada. Ni siquiera autos en las calles. París sin luz, sin animación, sin comida. Los Campos Elíseos repletos de una multitud casi en harapos y unas parejas vistosas: muchachas con torres artificiales de bucles en la cabeza, súper maquilladas, con zapatos de suela de corcho, colgadas de los brazos de GI (reclutas) gigantescos". Pocos días después Froylán me trajo unos oficios muy formales de los años en que Paz estuvo en la embajada de París. El embajador Francisco del Río y Cañedo se nota hasta desesperado. Pide sobresueldo para todos los empleados del gobierno en París, porque la inflación y la carestía obligaban a los diplomáticos a sobrevivir en un ambiente desolador. La rentas eran altísimas, la comida sólo se podía encontrar a precios irrisorios, además, para comprar carbón en el invierno o libros y otros materiales de trabajo los representantes de nuestra nación en París debían hacer sus compras en el mercado negro, cuyos precios eran determinados por las hormonas del vendedor sin importar la crudeza del frío o las urgencias del comprador. Pero no todo debió ser tan terrible. De otra forma es inexplicable que durante esos años Paz haya escrito libros como Libertad bajo palabra o El laberinto de la soledad. Octavio Paz, Elena Garro y su hija vivieron en el número 199 de la avenida Víctor Hugo, en el exclusivo distrito 16. No obstante, en la embajada al poeta se le iban las horas con las muchas diligencias que le tocaba atender. Entre otras cosas, Paz fue el burócrata de barandilla que atendió a los refugiados españoles que querían venir de Francia a México, y se encargó del papeleo para la repatriación de los mexicanos que se habían quedado en las zonas nazis durante la guerra. También en más de una ocasión tuvo que redactar los informes reglamentarios sobre la política francesa del momento. Estos textos que llegaban a las manos del secretario en México reflejaban los comentarios de la prensa y los corridillos entre diplomáticos de una época apasionante de la política francesa en que no quedaba claro que el mundo se dirigía hacia lo que luego conocimos como la Guerra Fría y la cuarta República francesa. Éstos son documentos que Froylán recupera en su libro, y no sólo eso, los analiza como académico para brindarnos un retrato vívido de la época. Para Paz, el gozo estaba afuera, en el ir y venir de amigos y colegas. En París recibió la visita de Carlos Fuentes, en 1950. Organizó la primera exposición de Tamayo en Europa. Se encontró con Jean Paul Sartre, Albert Camus, André Malraux, Jules Supervielle, Raymond Aaron, Henry Michaux, etcétera.
Imaginamos que el trabajo en la embajada no fue un deleite para Paz. Él estaba pensando en sus poemas, en los grandes ensayos que luego publicaría. Él quería ser escritor. Por eso es que el tedio y hasta hartazgo se reflejaron en su obra de esas fechas. Él escribía los informes de la política francesa porque no le quedaba otra. Tenía que ganarse la vida como el escritor aún joven que era en esa época. El trabajo era tan ingrato como lo han sentido las decenas de jóvenes escritores mexicanos que han encontrado en la diplomacia una manera de ganarse la vida. Igual que como lo hizo Federico Gamboa, Rodolfo Usigli, Amado Nervo, Juan José Tablada, José Gorostiza, Rosario Castellanos, Sergio Pitol, Fernando del Paso, Gilberto Owen y muchos otros cuya inmortalidad se la ganaron con las letras aunque el pan se lo hayan ganado representando a los gobiernos de México.
Aproveche estos días de asueto leyendo el espléndido libro de Froylán y descubra a otro Octavio Paz, uno de carne y hueso, quien como bien dice Meyer, entonces en París, el único que sabía que obtendría el Nobel de literatura era el mismo Paz, y nadie más...




Qué interesante artículo. Nunca me imaginé que Paz había trabajado para el gobierno. Nada más conocía sus poemas. Tiene unos de amor muy padres. Estaría bien que pusiera algunos.
Publicado por: María Rocha Esparza | 04/18/2009 en 04:30 a.m.