Guadalupe Loaeza
Cuando era niña me encantaba la bicicleta. Siendo la séptima de una familia de nueve hijos, a los 10 años heredé dos bicicletas de mis hermanos mayores. Recuerdo que en vacaciones, por la mañana usaba una; y por la tarde, manejaba la otra. Entonces se podía andar en “bici” con toda la seguridad y libertad del mundo en la colonia Cuauhtémoc. Todavía me veo con mis pantalones “pesqueros” color de rosa, feliz de la vida navegando con mi bici por las calles de Sena, de Nilo, de Tigres, de Rhín y de Nazas. Andando el tiempo me empezaron a encantar las ciudades con bicicletas. Me encantó Ámsterdam, ciudad que no imagino sin sus bicicletas. Me encantó Viena y ahora me encanta el Distrito Federal porque cada día veo más bicicletas por todos lados.
Pero volvamos a la bicicleta, sinónimo de autonomía y de libertad, de una libertad súper ligera; única libertad que se siente sobre ruedas. Cuando andamos en bicicleta, ¿acaso ésta no viene siendo una continuidad de nosotros mismos? ¿Acaso no sentimos una independencia y un desplazamiento casi mágico? Y, por último ¿acaso no es la bicicleta, “la hermosa máquina, siempre amable, siempre reconocida, (la cual) da aquellos que la aman y le buscan goces que en vano buscarían en otra parte”, como diría Amado Nervo en su texto titulado: “Mujeres y bicicleta” del 26 de noviembre de 1895. “¡Si la bicicleta pudiera hablar! Diría que tal o cual linda joven, abandonada por su marido, llena de celos, ha encontrado en ella (la bicicleta) distracción y consuelo… ¡Cuántas penas habéis olvidado en tanto que la hermosa máquina os lleva por los campos con la rapidez del viento y la regularidad de la corriente eléctrica! ¡Y cómo desaparecen las ideas sombrías y negras cuando el cuerpo se halla en movimiento y el vivifico hincha los pulmones!”. Y sigue diciendo Amado Nervo: “Sí, muy bonito, muy bonito, me he dicho en tanto, que traducía para mis lectores el anterior salmo a la bicicleta, apología decidida, firmado por una mujer que escribe para el público y que además adora el ciclismo. Y casi, casi le concedo razón; lo que no deja de parecerme divertido es que la bicicleta alivie las penitas del amor, los celos de las esposas abandonadas, y extinga las negras ideas de la vida…”
Ahora que en el D.F se ha puesto de moda la bicicleta, ¿por qué no aprovechar tanto el reglamento como las facilidades que están ofreciendo a los bicicleteros y bicicleteras, para invitar a toda la familia a andar en bici un domingo en Chapultepec?




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