Carlos Slim: el mecenas que usa calculadora
El hombre más rico del mundo toma Coca-Cola Light, come cacahuates japoneses, regatea por el precio de una corbata y suele andar sin zapatos en su oficina, pero no se ha ganado la fama de gran filántropo a pesar de que ha destinado parte de su fortuna a hospitales, boxeadores, artistas y hasta a un ex presidente de la República en desgracia. Este perfil fue publicado originalmente en la revista peruana Etiqueta Negra.
Por: Diego Osorno
| domingo, 29 de enero de 2012 |
EL UNIVERSAL
PARTE I
Hace unos años, en un evento público de caridad, un hombre vio a Carlos Slim y se acercó hasta él para proponerle un negocio: hacer un libro de fotografías sobre la Ciudad de México para regalar en Navidad. El hombre más rico del mundo según la lista de la revista Forbes, incluso más rico que Bill Gates, aceptó la oferta. Le pidió que preparara mil ejemplares para sus clientes especiales de Inbursa, el banco del que es dueño, como también lo es de la empresa de telecomunicaciones más gigante de Latinoamérica, una compañía industrial de cables eléctricos, hospitales, minas de oro, cigarreras, el predio alrededor de donde está la única pirámide prehispánica del Distrito Federal, tiendas Saks Fifth Avenue y fábricas de bicicletas, líneas de ferrocarriles y acciones del New York Times y la colección de esculturas de Rodin más completa del mundo. Semanas después de haber conversado con el multimillonario, el hombre del libro navideño obtuvo una cita con él. Slim lo recibiría en su oficina de Lomas de Chapultepec, la más tradicional colonia adinerada de la ciudad, donde exhibe la escultura de bronce de un Napoleón descansando en un sillón, una obra del artista Vincenzo Vela premiada a fines del siglo XIX en París. Según uno de sus empleados, Slim la tiene allí para recordarse que es un simple mortal. Cuando el empresario le entregó un ejemplar de su libro con fotografías de México, Slim lo revisó con detenimiento y miró la factura con un rostro agrio. Le dijo que no podía pagarle ese precio porque le parecía muy caro. El hombre de negocios le aseguró que no estaba ganando dinero con el libro, que sus costos de producción eran los reales. De su escritorio, donde no tiene ninguna computadora, Carlos Slim sacó un papel y un lápiz, hizo sumas y restas, hasta que escribió la cifra que estaba dispuesto a pagar.
El empresario de un libro para regalar en Navidad cedió ante el regateo del hombre que Forbes dice que es el más rico del mundo.
Todos saben algo de Carlos Slim, pero no abunda gente dispuesta a hablar con soltura de él. En México hay más leyendas que reportajes acerca de este hombre que estudió ingeniería civil haciendo cuentas con calculadoras electrónicas, un objeto al que en su tesis para graduarse el futuro multimillonario le auguraría un gran porvenir. La historia del libro de Navidad es una de las tantas que se cuentan en reuniones de empresarios para recordar el estilo Slim a la hora de negociar. Otra historia que se esparce como un virus de risa en los mismos círculos es la del tiempo que Slim se pasó regateando con un vendedor de Venecia para conseguir un descuento de diez dólares por una corbata.
Es normal que un multimillonario como Slim, tan omnipresente en la vida diaria de mexicanos y latinoamericanos, sea objeto tanto de adulaciones como de insultos gratuitos. Los juicios sobre él se dividen entre la complacencia de intelectuales, políticos y artistas que lo ven como un mecenas nacionalista, y la lapidación de ciudadanos comunes que no tienen más opción que ser sus clientes porque es dueño de la mayoría de productos y servicios que compran. Luego se desahogan con chistes, como el típico: “Mi amor, entiende que cuando discutimos por teléfono ni tú ni yo ganamos. Gana Carlos Slim”. Los efectos de su fortuna creciente invaden hasta las peleas de pareja en clave de comicidad contra uno mismo.

Cualquiera puede volverse millonario de la noche a la mañana por azar. Pero estar en la cumbre de los que ganan más de mil millones de dólares, según la fábula de la riqueza occidental, cuesta media vida de esfuerzo y corresponde a la ilusión de un hombre de perfil generoso, creativo y audaz. Bill Gates es visto como un genio, Warren Buffet como trabajador incansable, George Soros como un millonario rebelde y chic. Slim es conocido por ser el hombre más rico del mundo en un país con cincuenta millones de pobres. Tal vez por ello, en lugar de creer en el valor de su trabajo, se le asocia más a los oligarcas rusos, que multiplican su fortuna por corrupción y reciben ventajas para hacer negocios bajo la sombra del poder.
The Wall Street Journal atribuye la fortuna de Slim a sus prácticas monopólicas. El magnate lo ha negado una y otra vez, pero en México es muy popular la idea de que sin la ayuda que tuvo del gobierno, nunca hubiera llegado a la cúspide de los más ricos del mundo.
Carlos Slim ascendió por un elevador privado al club de Forbes en los años en que abrió su billetera para respaldar a un aspirante presidencial. Slim el magnate donó veinticinco millones de dólares para la campaña del candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), a las elecciones de 1994. En una cena, Carlos Salinas de Gortari, el presidente saliente, les pidió esa cantidad a él y a otros multimillonarios mexicanos para asegurar el triunfo de su partido, que por primera vez temía perder las elecciones que hasta entonces había ganado con fraudes.
Slim era un entusiasta defensor del PRI. En aquellos tiempos, su éxito se atribuía a sus buenas relaciones con los gobiernos del partido que se mantendría durante setenta años en el poder en México. Los mexicanos recuerdan esa época diciendo: “El PRI robaba, pero dejaba robar”. Durante el mandato del presidente Salinas de Gortari, se privatizaron casi mil empresas públicas y, de todas, la venta más rentable y polémica fue Teléfonos de México (Telmex), la única telefónica nacional. Hasta entonces Carlos Slim sólo había figurado como uno más de los empresarios que acompañaban a Salinas de Gortari desde la campaña electoral. Tenía menos de cincuenta años de edad y lo único que se sabía de él era que primero había trabajado como agente en la Bolsa de Valores y luego se había enriquecido comprando compañías en crisis, a las que volvía rentables en forma casi milagrosa.
La adquisición de Telmex incluía cláusulas ventajosas que daban al empresario el control de la compañía y el monopolio de este servicio en la época de mayor contratación de líneas telefónicas en el país. Se rumoreó que había comprado Telmex actuando en nombre del mismo presidente cuyo gobierno vendía la empresa, que Slim era un testaferro de Salinas de Gortari. Comprar Telmex en 1991 lo catapultó como personaje de la vida pública en México.
II
Diez años antes de convertirse en el hombre más adinerado de la Tierra, Carlos Slim estuvo a punto de morirse. Sufría del corazón. Ese otoño de 1997, el magnate lucía tan flaco y débil que sus amigos más cercanos no creían que lo verían de nuevo en su oficina haciendo cuentas con tres calculadoras a la vez. Tampoco se acostumbraban a la idea de no verlo revisar reportes financieros de todo el mundo con la mirada inexpresiva de un tiburón que ve a una presa. Había viajado en secreto y con su esposa a Houston para que le cambiaran una de las dos válvulas de su corazón, una intervención que no debía ser riesgosa.
Estaba en el Texas Heart Institute, un centro médico de adventistas dirigido por Denton Cooley, famoso por haber realizado el primer trasplante de un corazón artificial. El médico encargado de operarlo era Paolo Angelini, un cardiólogo italiano pero que había estudiado en México. Hablaba un español aceptable y le caía bien a Slim. En medio de la cirugía a corazón abierto, la válvula por operar se rompió. Slim sufrió una hemorragia que Angelini y su equipo de médicos combatieron con el suministro de una bolsa de sangre tras otra hasta llegar a las treinta y uno. Las siguientes veinticuatro horas, Slim respiró con ayuda de un ventilador mecánico. Sus barreras de inmunidad quedaron vulnerables y adquirió una neumonía. De una semana a otra, Slim bajó veinte kilos.
Todo indicaba que la noticia de ese otoño sería la de la muerte del entonces hombre más rico de América Latina. Algunos de sus colaboradores creyeron que había muerto y esparcieron el rumor. Otros creían que los rivales del empresario esparcían la noticia para desestabilizar sus acciones en la bolsa de valores. La oficina de prensa del multimillonario tuvo que lanzar un comunicado en el que aclaraba que Slim estaba vivo y todas sus empresas operaban con normalidad. El médico Héctor Castañón, jefe de terapia intensiva del Hospital Siglo XXI, viajó a Houston para revisar su estado de salud. Slim se quedó varias semanas más en Estados Unidos, antes de poder volver a México para seguir la rehabilitación en su casa de Acapulco.
Fructuoso Pérez, amigo de Slim desde la época universitaria, se enteró de la supuesta muerte del millonario leyendo un periódico. Pronto confirmó que la información era falsa y tiempo después, de boca del mismo Slim, supo detalles de lo sucedido. Dice que Slim se pone mal cuando recuerda este momento: le desesperaba el hospital, la torpeza de las enfermeras y los médicos. “Para él fue como una segunda oportunidad de revivir. Le hizo pensar en hacer cambios en su vida”. Slim no habla en público de lo que sucedió aquellos días. Tampoco entre sus amigos más cercanos, aunque a veces comenta que un médico cubano le salvó la vida en esa ocasión.
Cinco años antes de que se le rompiera la válvula del corazón, Carlos Slim ya se había sometido a una primera cirugía cardiovascular. Fue con el doctor Teodoro Césarman, conocido por haber sido el cardiólogo del ex presidente Luis Echeverría y del comediante Cantinflas. Tras esa operación, Carlos Slim también decidió convalecer en su mansión de Acapulco. De esa intervención quirúrgica se supo todavía menos por la prensa, que recién entonces empezaba a interesarse en el empresario. La salud de Slim todavía no era asunto de especulación en la bolsa. Cuando lo llevó a ser operado, para evitar ser localizados, su esposa lo registró con el irónico nombre de Carlos Delgado.
Durante el tiempo de su primera recuperación, Slim tuvo varias recaídas. Se deprimió. Se dejó crecer la barba y vestía con mayor desaliño que el de costumbre. Uno de esos días, cuando apenas rondaba el lugar 33 de la lista de Forbes les dijo a sus amigos que le daban ganas de olvidarse de los negocios.
Esa vez Ignacio Cobo y Juan Antonio Pérez Simón rentaron un avión y lo llevaron al Texas Heart Institute. Slim se amarró el corazón y se animó a continuar con sus empresas. Hoy ese hospital es un consentido de su política de donaciones, tal vez una excepción sentimental de su filosofía pragmática de la generosidad.
Cuando anunció que donaría cuarenta millones de dólares para investigaciones de salud, Carlos Slim declaró su teoría del altruismo: “Nuestro concepto se enfoca en realizar y resolver las cosas, en lugar de dar. No ir por ahí como Santa Claus”. El dinero que dio ese día ha servido para que su Instituto Carso —por las tres primeras letras de su nombre y las dos primeras del de su esposa Soumaya— enviara médicos a comunidades indígenas de la sierra Tarahumara y de Chiapas a que ayuden en labores de parto. O para atender trasplantes y problemas de riñón, como los que tuvo su esposa, que murió de insuficiencia renal en 1999. El dinero de Slim también ha sido usado para adiestrar a cinco mil personas que trabajan en centros de tratamiento de adicciones y para crear equipos de atención psicosocial a pacientes en fase terminal en hospitales públicos. Su instituto ha financiado el estudio de las bases genéticas de la diabetes y varios tipos de cáncer, además de la búsqueda de vacunas contra la enfermedad de Chagas, y la leishmaniasis. Mientras que a Slim no le interesa el trabajo de regalar a tiempo completo, Warren Buffet, el empresario debajo de él en la lista Forbes, inversor de un sinfín de compañías que van de Nike a Coca-Cola, cree en la filantropía a otra escala. Buffet ha donado treinta y un mil millones de dólares, más de la tercera parte de su fortuna, a una fundación de caridad que lleva el nombre de Melinda y Bill Gates, el tercer multimillonario del mundo, con quien Buffet sí comparte esta visión de la generosidad. Mientras Buffet dejó de administrar sus negocios para dedicarse a la filantropía, el magnate mexicano administra los suyos desde otra balanza. “No es generoso ni con él mismo”, me dijo un antiguo ejecutivo de Telmex, la empresa más conocida de Slim.
El hombre más rico del mundo no tiene chofer y él mismo conduce su automóvil Mercedes Benz en el desesperante tráfico del Distrito Federal. Quiere participar con un equipo en la Fórmula Uno, pero ha puesto la condición de que haya un mexicano en el circuito. Su amigo Ignacio Cobo, un copiloto habitual en su auto y en los negocios, suele llamarlo “Cierto Bulto” cuando habla de él ante los demás. Pero no sólo sus amigos más cercanos lo encuentran tan normal. Alfonso Ramírez Cuéllar, un líder campesino que defiende a deudores bancarios, dice que a veces Slim lo cita para hablar de economía y que es un tipo amigable y común en su trato. “Slim es un cabrón que casi siempre anda en calcetines en su oficina. De traje y sin zapatos. Por cosas así me cae bien —dice—. Hace cuentas con las manos y a veces usa una calculadora”.
Continua...
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